La semana del Limbo

En 2007, la Iglesia Católica cerró las puertas del Limbo, lo derogó o decidió no continuar al menos con esa mentira. Pero la semana del Limbo existe, aunque haya gente que se niegue a creerlo.

La semana del Limbo está formada por los días que van desde la Navidad, que empieza a festejarse el 24 de diciembre, hasta el día de Año Nuevo. Como son dos fechas muy tenidas en cuenta, celebradas y significativas para mucha gente, no es de extrañarse que ocurran las cosas más raras en los escasos siete días que las separan.

Puede que sea una cuestión de fe o una expresión de deseo, pero entre el 25 de diciembre a la mañana y el primero de enero a la madrugada los "te quiero" pueden recibir un "yo también"; los "te extraño" se pueden convertir en "estoy yendo para allá", o quizás en un "veníte"; los "gracias" se empiezan a multiplicar y algunos hasta son honestos.

Sin ir más lejos, en la madrugada de Año Nuevo de este 2010 moribundo brillaba una preciosa luna azul, producto de un fenómeno astrológico que, al igual que lo esencial, es invisible a los ojos. Esas sí que son noches en las que puede pasar cualquier cosa, así que atentos los forajidos, y también los valientes, porque es la última oportunidad para colarse por la puerta del Limbo.

Dentro de sólo cuatro días nos embarcaremos en 2011, surfearemos las olas de los lugares comunes del estilo de "se terminó la primera década del tercer milenio" y llegaremos a buen puerto cuando, derretidos por el calor en enero, recordemos nuestras andanzas bajo la luna de Año Nuevo.

Hasta que ese punto llegue, queda toda una semana para hacer listas de metas y promesas para el año que empieza (muchas de las cuales tacharemos como se hace en La Generala), y para decir y hacer todas esas cosas imposibles, porque total, es la semana del Limbo. Podría no fallar...

Maldita la hora

¿Estas son horas de aparecer por acá? Te estuve esperando toda la maldita tarde. Toda la condenada semana, para el caso. Y llegás con la cara perlada de sudor, las mejillas coloradas y esa maraña indómita que tenés por pelo, que cae sobre tus ojos. No cruzamos las miradas hace tiempo. Me perturba la idea de lo que pueda encontrar al hacerlo.

Creo que no nos entendimos bien la última vez que hablamos. Jugamos a una pulseada verbal y nos salió mal. Te extrañaba, pero no extraño esto de vos. Ese vaivén frenético que te hace rebajarte por el placer de agradar. Te conocía con más altura, de alto vuelo. Cuando uno no tiene mucho, como en mi caso, no hay nada como mirar los logros del pasado.

Me dejaste, así que no tengo mucho éxito hace tiempo. Estoy, como se dice, con la mente en blanco. El ingenio ralo. La inventiva anoréxica, inapetente. Y vos llegás a esta hora y me tenés en vigilia por pequeñeces. Qué lo tiró. Ya no hay texto que te venga bien, no hay ni guión perfecto para que declames ni poesía que quieras cantar, nada. Sólo silencio sepulcral.

¿Cuándo te convencerás de que no sos mi inspiración sino la de alguien más? Dejá de venir de a ratos, a conformarme con muestras gratis de algo que no voy a comprar. Prefiero que desaparezcas un buen tiempo y quedarme sola y en silencio hasta que llegue lo que tenga que llegar. Que sea mío y no prestado. Para mí y para nadie más.

La mujer del marqués

La pastilla no sirve, el sueño no llega y el calor convierte la sábana más liviana en una manta térmica. Así, con el desvelo picando en los ojos y el camión cisterna resonando en mis oídos, no me puedo dormir. Y pienso de nuevo en ella.

Me la imagino -porque nunca la vi de cerca, ni mucho menos la conoceré en persona- como una mujer muy casta, y muy lúcida. Con su amplia frente inmaculada, apenas marcada por las líneas de la edad, que el artista pasará por alto para agraciar su honorable porte.


¿Será verdad alguno de los tantos rumores acerca de ella? Una vez escuché que era en realidad un hombre, el mismísimo pintor a cargo de la obra. Pasaron 500 años desde su creación, pero sigue causando intrigas. Como toda una dama silenciosa, grácil, adiestrada. Capaz de lanzar una mirada y decir más de lo que pueda decir cualquier príncipe en su perorata en la Corte.


La pose dice mucho, pero quizás sólo le ordenaron que se siente de ese modo, mostrando sus manos blancas y suaves, propias de una mujer de 25 años perteneciente a una clase pudiente. Su marido era un noble, el Marqués del Giocondo, que comerciaba sedas, según El Mundo.


Cuántas cosas habrá aprendido a callar la Gioconda. Cuántas veces habrá querido gritar, maldecir a su marido, al padre que la entregó en matrimonio. Quizás su belleza resida en que aprendió el arte de la sutileza. Esa boca que no se curva del todo da esperanzas de ver una sonrisa, pero reconforta al no mostrar los dientes.


Es probable que -para el momento en que fue retratada- ya hubiera aprendido el fino hábito del silencio medido. No de ese que implica complot, omisión o rencor, sino del que prefiere guardar los consejos sabios para su propio uso.

No dejo de preguntarme cuántas mujeres hoy en día se retuercen los labios aguantando la rabia porque "hay que ser una dama" y no confrontar al hombre que no fue un caballero. El estoicismo femenino sirve para guardar las apariencias y cerrar la partida con un tablero peleado.

Pero la mirada altiva en la cara impávida es un gesto de grandeza que pocas mujeres sueñan tener. Y muchas de las que intentan mantener esa pose sienten por dentro como se rasga el lienzo. Una dama verdadera soporta lo que sea pero, ¿cómo será su sonrisa?

La musa inspiradora

Escribía sin parar en una hoja de cuaderno suelta que me había prestado el barman, en un boliche con buena música y mala iluminación, cuando de pronto una chica rubia, estruendosa, se sentó junto a su amiga en la mesa de al lado. Ella reía a carcajadas, se paraba cada tanto y contoneaba su cadera. Creo que sólo quería bailar, o llamar la atención.

Su amiga tenía el pelo castaño recogido en un rodete sobre la coronilla y anteojos de pasta negros, creo. Se habían pintado los labios con sendos rojos furiosos. La rubia tenía el pelo largo, lacio, algo alborotado sobre los hombros. Llevaba los ojos delineados con negro y un vestido corto rojo tornasolado. Las dos chicas se habían puesto unos tacos que parecían zancos.

La rubia no podía quedarse quieta. Su voz se escuchaba por sobre la música, que a estas alturas era una mezcla de hip hop y heavy metal bastante sui generis. Se paraba, miraba a su alrededor, cruzaba en dos pasos de sus finas piernas el estrecho salón hasta la barra, pedía otro chop de cerveza y se volvía a sentar. En cierto punto se acercó a la mesa que estaba del otro lado de la mía.

Al verla pasar frente a mí noté lo frágil y delgada que era, y que se tambaleaba y taconeaba por el alcohol. La chica quiso saber por qué los tres muchachos que estaban ahí sentados tenían remeras iguales, y pines identificatorios. Eran de un equipo de computación. La visita de la joven debía ser lo más interesante que les pasó en toda la noche.

La rubia logró que le regalaran un pin y volvió a su lugar, donde ahora había dos jóvenes que acompañaban a su amiga. Los cuatro empezaron a charlar (a todo esto, yo seguía sin poder hilar el relato en el que estaba trabajando).

De repente, la rubia se volvió hacia donde estaba yo y me preguntó con un chillido: "Disculpáme, ¿qué estás escribiendo?", eso sí, con todo y la aguda voz de cuello era delicada. Tenía los ojos marrones hundidos por esa lacra negra con la que se había impregnado los párpados y los labios estaban pintados de naranja. Una pena tanto disfraz, porque era una chica de facciones finas.

"Soy periodista, pero estoy escribiendo ficción", dije. En seguida me di cuenta de que había escupido en la tumba de Miguel de Cervantes Saavedra, pero ya había cometido la infamia de asegurar que estaba trabajando en un cuento.

"Ay, ¡no te puedo creer!", replicó la chica, y antes de que le pudiera decir que éramos dos las incrédulas agregó: "Yo tengo re baja autoestima y no me sale nada bien... Pero me encantaría". Algo hizo eco en mí. Contesté: "Sabés escribir, ¿no? Bueno, sentáte y escribí sin parar lo que se te dé la gana y algo te va a salir".

Sí, soy candidata a dar charlas de autosuperación. Pero la chica no lo tomó a mal. En vez, levantó su mano derecha y me mostró su palma. Me dijo que se llamaba Victoria, y le choqué los cinco. "No seas tan dura con vos misma, sino el resto va a ser mucho peor", le aconsejé, como si tuviera alguna autoridad en la materia.

Victoria se volvió a su amiga para comentarle sobre el personaje con el que acababa de chocar los cinco, pero la chica estaba más preocupada por definir el siguiente paso de la noche junto a sus dos acompañantes. Bajé la mirada de nuevo a mi hoja llena de garabatos y cuando volví a prestar atención a mi entorno, la voz chillona se había ido, junto con su bella dueña.

De adentro hacia afuera

-¿Cómo elaboraron el plan de fuga?

- Fue bastante complicado. Estaba además dificultado por el aislamiento geográfico de la cárcel, del que ya hablamos. En los alrededores había unidades militares, pero pocos lugares que nosotros pudiéramos utilizar para parapetarnos y defendernos o escondernos. La población del lugar era muy solidaria con nosotros y nos ayudaba mucho, pero era una población poco numerosa y fácil de controlar por el enemigo.
Esto hacía que cualquier error, cualquier casualidad inclusive, pusiera en riesgo al conjunto de la acción, la hiciera fracasar.
Teniendo presentes todas esas desventajas, es que teníamos que resolver dos problemas. El primero era cómo hacíamos para copar la cárcel, para controlarla. Había alrededor de 100 guardias con una cantidad similar de fusiles FAL y pistolas a su disposición. El segundo era cómo hacíamos para retirarnos. Si el copamiento de la cárcel no se realizaba casi silenciosamente se alertarían las unidades del ejército y la marina más cercanas y la retirada sería casi imposible. Había que lograr mucha precisión en nuestros movimientos, mucha exactitud.

-¿Cómo resolvieron el copamiento de la cárcel?

-Mire, era más difícil para nosotros organizar una operación militar de copamiento de una cárcel desde afuera, es decir, con una unidad militar ya sea del Ejército Revolucionario del Pueblo o combinada de dos o tres organizaciones.
Era muy difícil porque el terreno no ofrecía protección y era muy detectable la llegada de gran una gran cantidad de gente. Eso alertaría al enemigo antes de tiempo. Nosotros habíamos observado que todo el sistema de seguridad de la cárcel preveía un ataque desde afuera. Cuando nos dimos cuenta de eso es que empezamos a pensar en hacerlo al revés. El enemigo estaba desatento a una operación hecha desde adentro. Empezamos a trabajar en ese sentido.

-¿Quiénes dirigieron la fuga?

-Conformamos un grupo de seis compañeros que trabajamos en toda la planificación de la operación. De esos seis compañeros, el responsable natural, el jefe natural, era el Robi Santucho. El equipo lo integrábamos Santucho, el "gringo" Menna y yo, los tres del ERP; Marcos Osatinsky, de las FAR; Roberto Quieto, que también era en ese momento de las FAR; y Fernando Vaca Narvaja, de la organización Montoneros.

[sigue] Del libro "Conversaciones con Gorriarán Merlo", de Samuel Blixen. Editorial Contrapunto. Buenos Aires, 1988.

Un hombre enamorado

Hace un tiempo, un querido amigo me tiró dos postas, un par de verdades que se sostienen por lo empíricas más que por otra cosa.

N., que me conoce de larga data y a quien muy poco de mí lo sorprende ya, me sugirió cierta vez que si siento que la gente me está tratando de decir cómo vivir mi vida, ha de ser porque no la estoy viviendo.

Foto: MafaldaChan
En otra oportunidad compartió conmigo un dato que probó ser útil en cuanto a los hombres, y que hace un par de días volvió a mi memoria: cuando están enamorados quieren ver a todo el mundo bien.

"Un hombre enamorado quiere que todo el mundo esté enamorado", me explicó N. mientras yo rezongaba porque él intentaba mediar para que M. y yo volviésemos a hablar.

Al final no hizo falta su intervención ya que el tiempo se encargó de volvernos a unir. Pero el dato de valor ya había sido revelado, y francamente creo que aplica a cualquier ser humano.

Cuando alguien está enamorado no piensa que pueda pasar algo malo, busca que todo esté en armonía, y si aún así todo está que explota por los aires... Bueno, siempre queda el refugio dulce, suave y estable del amor.

En cambio, mi propia experiencia me enseñó que cuando una persona no ama, o sufre por no saber amar, lo único que logra es emanar sentimientos podridos. No voy a explayarme en cómo lo aprendí, porque sería confesar demasiado.

Pero es cierto: un hombre puede cambiar el mundo cuando está enamorado. Yo lo he visto. Acortan distancias, derriban "peros", perdonan torpezas y tuercen razones. Si sólo pusieran el mismo empeño en olvidar en paz...

El Principito y el Rey

"-Quisiera ver una puesta del sol... Hazme el gusto... Ordena al sol que se ponga...

-Si ordeno a un general que vuele de flor en flor como una mariposa, o que escriba una tragedia, o que se transforme en ave marina, y si el general no ejecuta la orden recibida, ¿quién, él o yo, estaría en falta?

-Vos -dijo firmemente el principito.

-Exacto. Hay que exigir a cada uno lo que cada uno puede hacer. -replicó el rey -La autoridad reposa, en primer término, sobre la razón. Si ordenas a tu pueblo que vaya a arrojarse al mar, hará una revolución. Tengo derecho de exigir obediencia porque mis órdenes son razonables.

-¿Y mi puesta de sol? -respondió el principito, que jamás olvidaba una pregunta una vez que la había formulado.

-Tendrás tu puesta de sol. Lo exigiré. Pero esperaré, con mi ciencia de gobernante, a que las condiciones sean favorables.

-¿Cuándo serán favorables las condiciones? -averiguó el principito.

-¡Hem! ¡Hem! - le respondió el rey, que consultó antes un grueso calendario -¡Hem! ¡Hem! ¡Será a las... a las... será esta noche a las siete y cuarenta! ¡Y verás cómo soy obedecido!

El principito bostezó. Lamentaba la pérdida de su puesta de sol. Y como ya se aburría un poco:

-No tengo nada mas que hacer aquí. ¡Voy a partir!

-No partas. -respondió el rey, que estaba muy orgulloso de tener un súbdito-. -¡No partas, te hago ministro!

- ¿Ministro de qué?

-De... ¡de Justicia!

-¡Pero no hay a quién juzgar!-

-No se sabe -le dijo el rey -todavía no he visitado mi reino. Soy muy viejo, no tengo lugar para una carroza y me fatiga caminar.

-¡Oh! Pero yo ya he visto -dijo el principito, que se asomó para echar otra mirada hacia el lado opuesto del planeta. -No hay nadie allí tampoco...

-Te juzgarás a ti mismo -le respondió el rey -. -Es lo más difícil. es mucho más difícil juzgarse a sí mismo que juzgar a los demás. Si logras juzgarte bien a ti mismo eres un verdadero sabio.

"El principito", Antoine de Saint - Exupéry

El general y el mago erudito

"Bajó del coche de superficie del que se había apropiado y llegó al umbral de la vetusta casa que constituía su destino. Esperó. El ojo fotónico que abría la puerta estaba activado, pero fue una mano la que abrió.
Bel Riose sonrió al anciano.
-Soy Riose...
-Le reconozco. -El anciano permaneció rígido, y nada sorprendido, en su lugar. -¿De qué se trata?-
Riose dio un paso atrás en gesto de sumisión.
-Un negocio de paz. Si usted es Ducem Barr, le pido me conceda el favor de que mantengamos una conversación.

Ducem Barr se hizo a un lado, y en el interior de la casa se iluminaron las paredes. El general entró en una estancia bañada por luz diurna.
Tocó la pared del estudio y luego se examinó las yemas de los dedos.
-¿Tienen ustedes esto en Siwena?
Barr sonrió ligeramente.
-Pero sólo aquí, según creo. Yo lo mantengo en funcionamiento lo mejor que puedo.Debo excusarme por haberlo hecho esperar en la puerta. El dispositivo automático registra la presencia de un visitante, pero ya no abre esa puerta.
-¿Sus reparaciones no llegan a tanto? -La voz del general detonaba ligera una ironía.
-Ya no se consiguen piezas de recambio. Tenga la bondad de tomar asiento. ¿Desea una taza de té?
-¿En Siwena? Dios mío, señor, es socialmente imposible no beberlo aquí.

El viejo patricio se retiró sin ruido, con una lenta inclinación que era parte de la herencia legada por la aristocracia desaparecida de los mejores días del siglo anterior.

Riose siguió a su anfitrión con la mirada, y su estudiada urbanidad se sintió algo insegura. Su educación había sido puramente militar, lo mismo que su experiencia. Se había enfrentado a la muerte en repetidas ocasiones, pero siempre a una muerte de naturaleza muy familiar y tangible. En consecuencia, no es de extrañar que el idolatrado león de la Vigésima Flota se sintiera intimidado en la atmósfera repentinamente viciada de una habitación antigua.

El general reconoció las pequeñas cajas de marfil negro que se alineaban en los estantes: eran libros. Sus títulos no le eran familiares. Adivinó que la voluminosa estructura del extremo de la habitación era el receptor que convertía los libros en imagen y sonido a voluntad.No había visto funcionar ninguno, pero sí había oído hablar de ellos.

Una vez le contaron que hacía mucho tiempo, durante la época dorada en la que el Imperio se extendía por toda la Galaxia, nueve de cada diez casas tenían receptores como aquél, e incluso estanterías con libros.

Pero ahora era necesario vigilar las fronteras; los libros quedaban para los viejos. Además, la mitad de las historias sobre el pasado eran míticas; tal vez más de la mitad."

"Fundación e Imperio", de Isaac Asimov.

Reglas para el buen lector callejero

Iba yo caminando por la avenida Callao (pronúnciese "cayao" o "cashao", total, la RAE aprueba cualquier uso estos días), cuando de pronto me percaté de que me iba a llevar puesto a un señor que caminaba delante mío. El motivo no era otro que mi distracción, y todo porque estaba intentando leer el artículo de L. L. en el número especial de THC.

Entonces caí en la cuenta de algo que pasa cada vez más a menudo: nos hemos vuelto descuidados como peatones. Entre que chequeamos mails en nuestros celulares, elegimos canciones en nuestros mp3 o seguimos la lectura que empezamos en el subte, ya no prestamos la misma atención que antes a dónde estamos poniendo el pie. Y corremos el riesgo de atropellar a alguien.

Photo by me
Por eso, se me ocurrieron algunas reglas simples para sobrevivir al ajetreado multitasking que supone andar por las calles de esta linda ciudad:

1. Caminar despacio para no chocar al de adelante, pero no tanto, cosa de no ser uno el atropellado.

2. Mantener la mirada en el texto o pantalla, pero sin dejar de otear por encima del papel o soporte elegido.

3. Cada tanto, mirar a los costados para asegurarse de no estar demasiado cerca del que camina al lado. No está copado repartir empujones por la calle.

4. Cortar la actividad al cruzar la calle. El conductor de un vehículo no tiene por qué adivinar que es la parte más jugosa del texto, o que no aparece la maldita canción que uno busca.

5. Chequear el terreno unos tres metros antes. Es sabido que las callecitas de Buenos Aires están cada vez más rotas, o sucias (gracias, vecinos, por no recoger lo que dejan sus perros), por eso, hay que fijarse con antelación que uno no vaya a meter la pata.

Shit that happens when you watch three Stanley Kubrick films

Sentís sobresaltos al escuchar el golpe seco del diario contra la puerta de tu casa, donde el portero acaba de tirarlo.

Te das cuenta de que Quentin Tarantino no inventó nada.

Te perturban los sonidos ambientales, como el tic tac de un reloj, o el sonido de la llama de la hornalla.

Ni el canto de los pajaritos al amanecer te dan sosiego. Desconfiás de cualquiera que te acaricie la cara y te diga: "Todo va a estar bien".

 Escuchás violines, primero melódicos y suaves y después a volúmenes chillones.

De hecho, la música clásica te pone nervioso. Excepto la Novena Sinfonía de Ludwig van Beethoven.

Te agarra dislexia y escribís al revés algunas palabras, o letras.

De pronto, imaginás cómo se verían ciertas escenas desde otros ángulos, por ejemplo, como cuando vas a tomar un frasco de un estante alto en la alacena, o si estás mirando hacia el interior de un cajón de herramientas.

Le tenés miedo al timbre de la puerta en una noche de tormenta, y pánico a las nevadas. Rezás para que no se te corte Internet.

Empezás a hablar con tu dedo como si fuera tu mejor amigo. De hecho, empezás a utilizar un lenguaje propio entre tus amigos. Y tu confidente es tu PC.

Perdés noción del tiempo. En realidad, no, lo que pasa es que los eventos se dan con una línea temporal quebrada, como escenas aparentemente inconexas.

Nada de esto realmente importa. En los tiempos venideros será sólo una anécdota. Una obsoleta, por cierto.

Una obra bien orquestada, sin dudas

En exceso

INXS debe ser una de las bandas llamadas "ochentosas" que más me gustan, y más menospreciada que existen. No sé si porque su ya desaparecido frontman, Michael Hutchence, acaparó toda la atención (incluso con su particular muerte, ya que fue encontrado ahorcado en una habitación de hotel, desnudo).

Uno de los primeros discos que compré en mi vida, CDs para ser franca, fue un compilado de grandes éxitos de esta banda australiana. Siendo fanática de los álbumes que intentan resumir las grandes pegadas comerciales de un determinado artista, debo reconocer que algunos temas quedaron afuera.

A saber:

1. Cut your roses down. Me gusta la letra, el beat, y tiene un video interesante. Frase clave: "All you lovers / Take a look around / Before they cut your roses down / All they've got is bones and blood / Don't they know that love is around"

El único video que encontré en YouTube tiene una tediosa intro de un fanclub. Igual acá va.



2. Please (got that...) es un dueto que hicieron en 1993 (pleno apogeo de la banda) con el recordado Ray Charles. Sí, antes de que el ícono de la música sureña de los Estados Unidos entrara por la veta de los duetos, logró elevar a los muchachos de la "Land down under".

¿Frase clave? Es Ray Charles con seis australianos, enjoy.



3. Searching. Es normal que no haya aparecido en el compilado, porque forma parte del último disco que editó la banda, en el años 1997, meses antes de que muriera Hutchence. Es una canción con mucho soul, pero al estilo de la banda. La letra es interesante porque muestra a un autor más maduro. Menos fiesta, más reflexión.

Frase clave: "If you could face the pain, and I could do the same, it would be clear tomorrow. But will it start again?"




4.Ah, mirá la hora que es y yo acá posteando webadas... INXS era una banda del carajo, están buenos todos los temas.

5. By my side. Temazo bajonero si los hay, pero también una de las baladas más lindas que escuché en mi vida. Y la voz de Hutchence me encanta, qué puedo decir. Frase clave: "I wish you were by my side in the dark of night".

El quiebre

Es decir "basta" cuando ya está todo dicho, cuando no hay nada más que decir. Cerrar la puerta de un cuarto que está vacío, o la ventana cuando ya hace frío. Dar por sentado que ciertas cosas no volverán a ser como antes, y saber que eso está muy bien.

Es la epifanía en la que uno sabe que va a estar bien y que lo que no tiene no va a extrañarlo porque nunca le perteneció. Funciona para mí, y para el resto puede que también. Si quedan lágrimas en los ojos es por la mera humanidad del caso y nada más.

Y cuando quiera abrazar lo que ya no tengo a mano, estaré rodeada de viento, de aire libre y fresco.

Ironía pop II

“Estás linda hoy”, atinó a decir él.

“Gracias”, contestó ella.

Los dos mantenían los ojos en la alfombra verde desteñida, incapaces de levantar la mirada para encontrarse. Caminaron en fila por el estrecho pasillo de butacas del anfiteatro, que seguía llenándose paulatinamente.

“¿Vos todo bien?”, insistió él a modo de charla de salón. Se sentó en el medio de la fila, casi en el centro de la sala.

“Sí, todo tranquilo”, replicó ella, lacónica, mientras se acomodaba al lado.

“Te queda lindo el pelo suelto, largo. Me gusta más que cuando lo tenías corto. Se te arman más los rulos así”, declaró él.

“Gracias, Migue. Sí, me gusta más así”, convino ella.

“Bueno, Lu, no sé de qué podemos hablar”, dijo él, rascándose un poco la barba de tres días.

Mientras tanto, ella buscaba sin parar algo que nunca encontraría en su bolso de cuero. Un espejo, un peine, el celular, cualquier cosa le ayudaría a distraerse, pero tenía los dedos torpes y no estaba prestando atención a sus movimientos. Desistió.

“Qué raro es encontrarnos acá”, dijo finalmente él.

“La verdad que sí. Yo no quería venir, pero después me mataron las ganas de saber qué dice exactamente”, corroboró ella, y él asintió.

Las luces bajaron repentinamente y la sala quedó en penumbras, con un reflector que apuntaba al escenario donde había una mesa, tres sillas y una jarra de agua y tres vasos. Había unas cincuenta personas presentes.

Dos hombres entraron a escena y se sentaron en las sillas de los costados. El público aplaudió al ver subir a una mujer de unos treinta años, con el pelo platinado y un vestido negro con flores estampadas, muy ceñido al cuerpo.

“Yo se lo regalé. Para un cumpleaños”, le susurró ella al oído.

Apenas cesaron los aplausos, uno de los hombres, canoso y con anteojos, tomó la palabra para presentar a la “joven promesa literaria”, al “prodigio de la narrativa contemporánea”. En sus palabras, a “una mujer que supo desnudar el sentimiento de su generación, tan desconectada, tan atribulada y enredada en los nuevos medios de comunicación”.

Nuevamente aplausos, y tras el silencio, la rubia tomó un trago de agua y empezó su discurso: “Quiero agradecerles a todos por estar hoy acá. Este libro significa mucho para mí, y sé que para mucha gente también”.

Los ojos se le empezaban a llenar de lágrimas. Podía sentir sus mejillas volverse más acaloradas y rosadas y las manos le empezaron a temblar. No encontraba posición en el asiento entre el público. Rezaba para que él no se diera cuenta.

La veía ahí, parada, hablando de lo que su libro significaba para ella.

“Como todos saben, para mí fue muy fuerte escribirlo porque sus protagonistas son personas reales, gente que yo quiero”, dijo la autora, e hizo especial énfasis en “quiero”.

“Es algo que le puede pasar a cualquiera. Amar, perder, lamentarse, y que las redes sociales jueguen un papel tan corrosivo...”, siguió perorando la rubia desde el escenario.

“No puede ser tan cara rota. No fue así”, espetó ella.

“¿Qué dijiste?”, preguntó él a su lado.

“Nada, Migue, mejor dejá. Sólo que no puedo creer que sea tan cara rota como para decir que fueron las redes sociales. Lo que hizo no tiene nombre”, dijo ella.

“No sé por dónde empezar a leer, para que se den una idea”, comentó la flamante autora tomando un ejemplar de su obra.

“Empecemos por el principio, cuando ella lo ignora a él, después salen, se aman una noche y nunca más vuelven a hablarse. ¿Habrá sido real ese amor?”, preguntaba la rubia, con énfasis en “amor”.

"Pero después, él vuelve a buscarla y ella se deja llevar por lo que decían otras personas, en las redes sociales", resumió complacida.

“Y bueno, Lu, ¿porque estás acá? No hubieses venido”, le contestó él entre susurros.

“Sí, ¿y vos por qué viniste?”, retrucó indignada.

“Y... porque es mi amiga”, se apresuró a contestar él.

“¿Sentís que es tu amiga después de que tomó tu historia para hacer su novela?”

“No sé, qué se yo”

“Yo no. No fueron las redes sociales. Fue la vida real, donde una persona presenta a sus dos amigos, ellos empiezan a salir y después descubre que no puede tolerar que sean pareja”

“Me parece que te estás yendo de tema... Lo que pasó fue mucho más complicado que eso. No le podés echar la culpa a ella”

“No. Pero sí puedo sentirme un títere mal usado”, protestó en voz baja.

Sus dedos finalmente encontraron la correa de su bolso. Se lo puso al hombro y se paró. Salió de la fila con cuidado de no golpear las rodillas de una pareja que estaba sentada en la punta.

Una mano tocó su espalda a mitad del pasillo. La había seguido. Llegaron juntos a la puerta del pequeño teatro y salieron. Tenían los ojos achinados por el repentino caudal de luz.

“No podés irte así. No fue culpa suya, vos decidiste ponerte así, mal”, insistió él, ahora en voz alta.

“Si me puse mal fue porque me superó la situación y nunca lo hablamos, porque no quisiste ni hacer el esfuerzo. Y vos decidiste escucharla a ella”, le reprochó.

"Lu, ella no hizo nada malo. Lo nuestro fue complicado. No funcionó porque no tuvimos química y listo”, explicó él.

“Ella me dijo que no te hablara más después de eso. No sé por qué no seguí su consejo. No sé qué te habrá dicho a vos. Explicáme para qué volviste después de que cortamos”, preguntó ella, con los ojos vidriosos.

“No sé. Te juro que no sé. No estaba seguro”, masculló él.

“Bueno, ¿me querías?”, preguntó ella con un hilo de voz.

“Sí, en un momento, sí”, admitió él.

“Cuando uno quiere a alguien trata de llevarse bien y de estar presente. No se borra y aparece cuando le viene bien. Yo no te hubiera hecho eso. No te ignoré nunca”, espetó ella.

Lo último que él vio fue su espalda. El blazer verde, con la tira de la cartera de cuero cruzada. Su pelo ensortijado cayendo sobre sus hombros. Se rascó la barba. Escuchó los aplausos en la sala y la rubia apareció a sus espaldas.

Sintió los brazos de ella rodeando su cintura, y su mentón sobre su hombro.

"Y, Migue, ¿cómo lo tomó? ¿Se fue muy enojada?”, preguntó la rubia.

“Sí, todo mal. Pero, bueno, ya fue”, contestó él.

El llamado

Según la Real Academia Española, la vocación es "la inclinación a cualquier estado, profesión o carrera". Eso mismo escuché durante todo el día de ayer, a partir de las 12 del mediodía, cuando madre me anunció: "Ya nos censaron, y se murió Néstor Kirchner".

Confieso que en el momento me di media vuelta y seguí durmiendo. Las vacaciones tienen la divina facultad de volvernos seres deliciosamente aletargados. Pero en cuanto mis neuronas reaccionaron sentí la necesidad de informarme sobre el tema y lo que es más, de estar de alguna manera ahí.

Ahí, en la Plaza de Mayo, donde una multitud empezó a reunirse frente a la casa rosada para prestar apoyo a Cristina Fernández de Kirchner. Donde siguen firmes, a altas horas de la madrugada, con banderas como si esperaran a que alguien saliera a saludar desde el balcón.

Durante el mediodía del 27, las cámaras de televisión se posicionaban para transmitir las imágenes de las personas llegando a dar su más sentido pésame. Mientras tanto, locutores y presentadores hablaban con miembros del gabinete, ex colaboradores de la administración "K" y detractores que despedían a su rival más acérrimo.

Todo ese tiempo, lo único que yo quería, en medio de mis vacaciones y cuando debería estar con mi nariz pegada a un libro de Isaac Asimov, era estar en la redacción de un diario escribiendo sobre el día de hoy, que fue histórico.

Claro, que lo memorable no es la muerte de un ex presidente. Para tal caso, Ricardo Alfonsín murió en marzo del año pasado y su entierro multitudinario también puede ser considerado algo histórico por haber sido el primer presidente democrático tras la última dictadura militar.

Pero en el caso de lo poco que vi hoy, me impresionó ver la gente visiblemente dolida, movida por la repentina muerte de Néstor Kirchner. Se escucharon algunas palabras sobre que su ira lo llevó a la tumba, pero nada opacó el sentimiento genuino de desconsuelo que se vio reflejado en los miles de manifestantes, que por esta vez no pedían nada, sólo mostraban su apoyo.

Hoy maldije mis vacaciones, porque hubiera dado cualquier cosa por estar ahí para contarlo. En vez, pasé por el lugar como ciudadana que soy, y lo cuento por acá, que es una forma acotada de darle espacio a lo que quería decir. Mañana será otro día, uno de luto.

Blessings

May the road rise up to meet you, may the wind be ever at your back. May the sun shine warm upon your face and the rain fall softly on your fields. And until we meet again, may God hold you in the hollow of his hand.

May you always have work for your hands to do.
May your pockets hold always a coin or two.
May the sun shine bright on your windowpane.
May the rainbow be certain to follow each rain.
May the hand of a friend always be near you.
And may God fill your heart with gladness to cheer you.

May you always have walls for the winds,
a roof for the rain, tea beside the fire,
laughter to cheer you, those you love near you,
and all your heart might desire.

May flowers always line your path and sunshine light your day.
May songbirds serenade you every step along the way.
May a rainbow run beside you in a sky that's always blue.
And may happiness fill your heart each day your whole life through.

A sunbeam to warm you,
A moonbeam to charm you,
A sheltering angel, so nothing can harm you.

Irish blessing

May you have warm words on a cool evening, a full moon on a dark night, and a smooth road all the way to your door.

Irish toast

Hay dos tipos de personas

Existen dos clases de personas en este mundo: los que aman y los que odian. Se nace siendo una u otra y es una dura y larga lección convertirse en lo que uno quiere ser.

The prophet

I wanted to start reading a new book, but I ended up picking a small, dusty hardcover volume from my bedroom shelves. I had begun reading it during some hollidays I took a few years ago.

Funny thing is, it was bookmarked almost in the middle, as if I had lost all interest in it halfway through it. Yet it caught my attention again tonight. It's a 2004 edition of Kahlil Gibran's "The Prophet".

Here is a paragraph which I considered interesting, specially bearing in mind my current situation:

"Your house is your larger body. It grows in the sun and sleeps in the stillness of the night; and it is not dreamless. Does not your house dream? and dreaming, leave the city for grove or hilltop?"

So, it seems as though I will have to dream a little longer, just to make my dreams come true. And perhaps then I will have a place to sleep, where I will be able to come up with new ideas and plans for my future.

Te pido demasiado

Te pido demasiado cuando quiero tu perdón. Mucho más cuando quiero que te disculpes. Demando de más si quiero de vos algo que no me vas a poder dar jamás, porque no está en vos. Y me paso de la raya si espero que me devuelvas algo de lo que te doy.

Capaz si empiezo a tirar mierda me empezás a devolver eso mismo. Y no tengo ganas, no estoy para estas cosas. Mejor, flash foward. And until we meet again, may God hold you in the hollow of his Hand.

Los otros

ella habló primero conmigo. Me dijo que no insista, que no me exponga a ese trato. Que es un boludo al que no le tengo que hablar más. Que se portó mal, y yo tengo toda la razón de estar enojada, y de desistir.

después empezó a decirme que qué bueno que me había animado a abrirme a la experiencia, pero que no me dejara lastimar, porque él no lo valía. yo lloraba, y ella me decía que no insista, que no le hable más.

yo no esperaba grandes pruebas de amor, sólo que él dejara de lado el orgullo. Que se sentara a hablar conmigo y no a tirarme broncas, que no desapareciera. Pero ella me recordó que el pobre le tiene pánico al compromiso.

ella lo excusó, él no habló y yo me di a la tarea de olvidar.

me pregunto ahora, ¿qué idea tienen los otros? No fueron pocas las veces en las que actué de psicóloga amateur con amigas y me encontré diciendo estas pavadas. Lo mismo con mis amigos.

que "esa mina no sabe qué quiere, sacátela de encima", o que "le tenés demasiada paciencia". O quizás un "ese flaco no está bien... alejáte y rápido", y hasta un "decíme, ¿qué te deja de bueno para que sigas con él?".

¿y yo qué sé? ¿y qué sabe ella de mí, o de él? Qué carajo tendrán que ver los otros en cuestiones que atañen nada más que a dos personas.

Y esto me lo pregunto recién ahora.

Valor agregado

Si la idea de tomarme vacaciones del mundo era no sufrir el ajetreo diario de Buenos Aires, a mal puerto llegué.

Una mujer de piel pálida y largo pelo castaño que estaba justo detrás mío en la fila para sacar entradas para el show de Paul McCartney me hizo notar que mi cariño por Los Beatles no es muy propio de mi generación. Igual le retruqué que hay cosas que trascienden la edad, hay una música que es universal.

"Para mí son todo... o sea, a ver, cuando tenías 9 años e ibas a un asalto y venían los lentos, ¿qué sonaban? ¡Los Beatles!", me explicó la mujer, que dijo tener 48 años. Me contó además que había empezado a escuchar a los "Cuatro de Liverpool" gracias a su hermana 10 años mayor, y que le impresionaba "los pibes en la fila".

"Quiero decir... sos una niña... una pendeja!", espetó entre risas. Para ella, una canción ideal "para sacar a bailar a un chico" era la melancólica "Yesterday". Yo me hubiera muerto de la angustia en el medio del asalto, pero bueno.

Lo segundo que me pasó este mediodía fue recibir el mesiánico llamado de mi hermana para decirme que había logrado comprar dos lugares por un precio para nada módico, pero moderado dentro del contexto. Después hice una compra que sí tenía valor agregado.

Un hombre que tendría unos 60 años se acercó a la fila para ofrecer los ejemplares de la última "Hecho en Buenos Aires". Era alto, flaco y espigado. Estaba vestido con un jean, camisa a rayas y una gorra. No me acuerdo qué llevaba en los pies, pero sí reparé en la mochila abultada, que parecía pesada.

Primero le dije que no, pero después reparé en el hecho de que sí estaba aburrida, sin nada para leer y con una larga espera por delante. Así que lo busqué a pocos metros, en un semáforo, y le compré una revista.

La pagué con un billete de $5. Estúpida, estúpida de yo, confundí un poco los tantos y me disponía a irme sin mi vuelto, olvidando que estaba haciendo una compra y no caridad barata.

"Espere señorita. Hay que ser honesto en esta vida", me detuvo el hombre, y agregó mientras buscaba la moneda: "A mí me contó mucho tiempo aprenderlo". Después me entregó un peso -de esos que se editaron por el Bicentenario- y ahí sí, con la transacción completa, me volví a la fila.

Las chicas que deshojaban margaritas

Las chicas que ayer deshojaban margaritas son las mismas que hoy las pisan con sus sandalias de tajo aguja, o las dejan secar entre las páginas de algún libro de poesía que ya no leen más.

Alguna vez alguien les enseñó -a esas chicas- el truco de pedir tres deseos al transitar por debajo de un puente justo cuando pasa el tren. En alguno de esos intentos de superchería barata estaría el designio divino que haría volver el amor sano y salvo a sus brazos.

También les mostraron la técnica de la pestaña, que no es otra que presionar con suave firmeza el diminuto pelo entre el pulgar de la dueña y el de otra persona... y rogar por que la pequeña prenda de amor quede en el dedo correcto. "Que vuelva, que vuelva", dirían las jovencitas, tan frescas y llenas de esperanza.

Sino, siempre quedaba la posibilidad única e irrepetible de hacerle el pedido a una estrella fugaz. Pero el cosmos es grande y el amor de un hombre es una nimiedad, así que las simples margaritas eran las más apropiadas para decir si había amor, un poquito o nada.

O al menos así era antes, cuando estaban frescas las chicas que hoy pisan las flores, las arrancan o las dejan secar.

Las postas de Abuela Silvia

No quiero darme corte, ni sonar pretenciosa, pero saqué número alto con la abuela que tengo. Si la anécdota del consultorio oncológico no les demostró la sabiduría cotidiana que posee a sus 92 años, he aquí breves fragmentos de nuestros diálogos de una soleada -y peronista- tarde de 17 de octubre (y eso que ella siempre prefirió a Palacios).

I
Yo venía explicando que no había podido comprarme una Blackberry: "...Y entonces me quedé con las ganas de comprarme un teléfono celular nuevo porque los de la compañía no tenían sistema", dije. "Ah, no te compres nada y gastate todo en Mar del Plata", contestó abuela, volviendo al tema anterior, mis vacaciones.

II
Al verme pellizcar por tercera vez un pedazo de queso de máquina en lugar de tomar toda la feta y comerla entera: "No te hagas la cumplida", espetó. "Es que sino después me duele la panza", intenté excusarme. "Te tomás un Agarol y listo... ¡es más rico que la vaselina!", resolvió ella.

III
Con mi mejor voz de nieta preocupada, le volví a recordar a mi abuela que tiene que alimentarse bien y tomar líquidos. "Ah, sí, el americano Gancia está viniendo buenísimo", me retrucó. "El otro día, con tu papá lo preparamos en la coctelera con Campari y limón... Y mucho hielo. ¿A vos te gusta?", me dijo. "Yo hablaba de tomar agua, abue", contesté. Le di un abrazo.

IV
"¿La viste? La senté cerca de la ventana para ver si quiere vivir", me explicó, y señaló una planta de calas que había colocado sobre una silla plegable de hierro color negra. Los tallos inclinados de las hojas casi llegaban a tocar el asiento. "Estaba en el patio de mi abuela", acotó sobre el mueble. "Ya si con eso no quiere vivir no sé qué más hacer, que se muera", se resignó.

"Hablemos de sexo"

Mi querida abuela Silvia cada tanto me tira una posta. A su apreciación bastante sensata sobre que las mujeres más inteligentes suelen tener problemas en su vida sentimental, se le agregan algunas anécdotas que suelen ser útiles.

Una vez me contó que estaba en la sala de espera de un médico con mi tía abuela, Mima, donde todos los pacientes estaban dele quejarse de sus dolencias. Claro, era el ala de oncología de la clínica y la situación de la mayoría no era fácil.

De hecho, su propia hermana estaba enferma de lo mismo por segunda vez, y a eso se le sumaba que sus fuerzas empezaban a menguar, ya fuera por la edad, o vaya uno a saber por qué.

En realidad, tener fuerzas para pelear, o no, es uno de esos misterios que ni médicos ni gurúes saben develar. Sólo quien se enfrenta con la muerte sabe qué diálogo tendrá con ella.

La cosa es que las dos mujeres estaban sentadas en la sala de espera donde había con el resto de los pacientes del área de oncología. Como decía, cualquier comentario entre ellos oscilaba el estado del clima y las vicisitudes de sus tratamientos.

Agobiada por lo denso -y quizás doloroso- de la charla, mi abuela decidió terciar en la conversación y propuso: "Bueno. Hablemos de sexo". No hubo risas, sólo miradas atónitas, y alguna que otra mueca de desaprobación. Pero no se volvió a hablar de sueros ni de internaciones.



¿Que no es "útil" como dato? Obvio que sí. Cualquiera puede pasar horas relatando historias tétricas sobre muertes, accidentes o fatalidades, pero es poco menos que morbo. En cambio, ¿cuántas personas pueden hablar de sexo sin sonreír?

Injusticias sociales

Quizás no sea tanto para llamarle así, ni para tomárselo tan a la tremenda, pero es una manera de calificar ciertas situaciones que se dan cuando una mujer soltera y económicamente independiente sale con su grupo de amigos... si ese círculo está formado sólo por parejas.

Supongamos que existe un grupo de 4 mujeres, de las cuales al menos tres están casadas o en pareja. La cuarta, "la soltera", se encuentra con sorpresas poco gratas. Pueden darse alguna de estas situaciones:

Cuando se dividen los gastos de una comida, se dividen por partes iguales contando a cada pareja como un ítem, es decir, en 4 partes en vez de 7, con lo cual "la soltera" termina pagando como si valiera por dos.

En el caso de un asado, las mujeres tienen que poner la misma plata aunque hayan comido y bebido 1/5 de lo que comió y bebió cualquiera de los hombres presentes...

No da, no es que yo desperdicie la carne, ¡es que naturalmente mi estómago es más chico! Es obvio que voy a consumir menos.

También surge un extraño tipo de machismo impuesto por las mujeres a sus amigas que las hace servir a los hombres... Todo bien con el compañerismo, pero si sos vos la que se casó, servíle vos a tu marido el té, a mí dejáme ver la peli tranquila...

No, no pienso levantarme y dejar lo que estoy haciendo para preparar con todo cariño la bandeja de tostadas con queso y mermelada para él. ¿Falta de solidaridad? Nah, es que no me corresponde. Sino, ¿dale que compartimos los deberes maritales del dormitorio?

Ah, ¿no te gustó la idea? Entonces no me jodas.

Es normal, sano y hasta importante compartir los temas cotidianos entre amigas. Casamientos, embarazos, mudanzas, lo que sea. Pero tampoco duele cortar un poquito el tema "vida conyugal" y  pasar a hablar de otras cosas.

En fin, temillas de tener que ser "la soltera" en ciertos círculos de amistades. No es que no banque, es que en algún lado tengo que descargar la frustración "de género".

Verdades de Género, según Laura Aceto

"Si lo que querías era sólo un polvo, no hacía falta que mintieras, o que dijeras todos esos 'te quiero'. La plata para el telo era más que suficiente.

Y si la persona no te interesa, no jodas y borráte. Al principio se va a sentir mal, pero después sólo va a sentir rabia... por no haberte pateado ella misma."


Esas cosas que sólo Laura Aceto sabe decir...

Fuerza

¿Y a dónde se supone que debería dirigir mis fuerzas? Por ejemplo, mi voluntad o mi capacidad de trabajar. ¿Qué las hago? Las compro, las vendo, permuto, o las exploto en "mi propia quintita"...

A veces una trabaja en una ocupación porque tiene que hacerlo, porque las cuentas no se pagan solas. Otras parece que se unen la diversión y la fortuna para que una saque provecho de lo que le gusta hacer.

También pasa que una no sabe en qué trabajar y agarra la primera propuesta que le hacen, siempre dentro de lo que sea legal y decente (dos buenos parámetros). Ahí el trabajo es un medio para tener plata para hacer lo que a una le gusta.

Pero en esos casos es como disfrutar de lo que una hace "afuera" del tiempo en que se está trabajando... O sea, que bien se podría restar unas 35 a 40 horas de vida a la semana. Una perspectiva alucinante, ¿no?

Es curioso que a veces las ganas de hacer cosas y de trabajar en lo que a uno le gusta, terminan beneficiando también a otros, ya sea xq el producto del trabajo es bueno, útil, o simplemente xq las hora - hombre valen bastante.

De alguna manera siempre se se termina planteando la dicotomía entre hacer "lo que uno quiere" y los que "uno debe". En ciertos casos me es más difícil acotar mis tareas a lo que tengo que hacer, a lo que me piden, y nada más.


Mamá - Chan siempre me repitió el refrán que dice que "todo comedido sale mal". Supongo que me costó algo de tiempo, pero ahora entiendo mejor la frase en sí, y el porqué de los intentos de mi madre porque yo no trate de abarcar más de lo que puedo o debo.

El tiroteo

"La pelea empezó por la prepotencia de Valdivia. Estábamos en el baile y él me salió a decir, Teodoro, no sé qué cosa. Teodoro, dale. Teodoro y meta joder. Entonces no me aguanté y le respondí. Fue error mío, porque yo estaba sin fierro. No me acuerdo muy bien pero fue algo de que él empezó a puyarme. Me trató de gil. Dale con humillarme. Y yo también, igual, a contestarle del peor modo. Aprovechó la situación de que yo estaba desarmado y ¡pa! disparó. Me tiró a matar. Pero me alcancé a tirar para un lado y sólo me jodió la mano, acá en el antebrazo, donde todavía tengo esta marca que me dejó el viejo lleno de soberbia. Ese era el principal problema de ese viejo cojudo. Es mejor ser humilde, compadre. La soberbia siempre termina mal. Nunca haga negocios con un soberbio. Es mucho riesgo."

Cristian alarcón, "Si me querés, queréme transa"

Shine, shine, shine, shine

Me encanta como las mujeres nos preparamos para salir de noche. Pocos hombres lo saben, pero cuando una mujer sale al ruedo social necesita una preparación mental previa que es casi como armar un personaje teatral.

Llevo unos cuantos años viviendo en la piel de una mujer (no reflexionen sobre esta frase, sólo sigan leyendo) y me he dado cuenta de que muchas veces salimos como disfrazadas.

Sé lo que es pasarse 4 horas por reloj haciendo el consabido preboliche (palabra estúpida, si las hay) en lo de una amiga, con un aburrimiento o una "inspiración etílica" tal que una termina mirándose al espejo y diciendo: "Hoy quiero ser Gloria Gaynor".


Lo más gracioso es cuando una termina pareciendo una versión pobretona de Janis Joplin, pero esa es otra cuestión.

No siempre nos tomamos los programas con amigas como una declaración de guerra "entre los sexos", donde tenemos que ir muñidas de armas de seducción masiva. A veces sólo queremos salir en ojotas o zapatillas, trancas, a tomar una cerveza fría... mmm...

En fin. De cualquier modo es un staging, una representación estilística de nuestro estado mental, o del personaje que decidimos encarnar esa noche.

Puede que durante la adolescencia seamos más volubles de lo que seremos a lo largo de la vida, pero a todas nos pasó -y nos pasa- el seguir el consejo de una amiga en cuestiones de moda... Y que nos vaya mal.

Así, la "anti make up" del grupo salió alguna vez más maquillada que una drag queen, y la "monja" fue a bailar con una pollera que le quedaba bien pero la hacía sentir incómoda.

Es increíble, pero somos muy permeables a la tentadora posibilidad de sentirnos alguien diferente, rockstars o lo que sea, al menos cuando estamos tratando de "hacernos las lindas" en un boliche.

O por lo menos se trata de probar una nueva manera de presentarnos, de brillar por más tiempo en la oscuridad de la noche.

La teoría de los 20 cm., revisited

Hace un tiempo escribí en este mismo espacio un post que ahora me parece hasta un poco gracioso. Es evidente que me sobraban la ingenuidad y la inexperiencia (que no disminuyeron mucho desde entonces), porque ahora me doy cuenta de que la Teoría de los 20 cm necesita un ajuste, y pronto.

En esa pseudo teoría, yo planteaba que había veces en las que se podía estar a unos prolijos 20 centímetros por arriba de la realidad. O por el costado, e incluso abajo, si era necesario (aunque esto último dudo que sea recomendable). Ahora me doy cuenta de que no siempre se puede. La teoría, por ende, es refutada por su propia creadora. Y por la realidad misma, claro.


Me autocito, por más vanidoso que suene, para demostrar de manera humilde y clara en qué modo erré por completo en el concepto de que todo me puede/podía importar poco, nada, o un huevo:

"Si en vez de querer doblar la naturaleza de la gente la acepto tal cual es, se hace más fácil convivir con las diferencias de los otros. Antes me daba pena mandar a la mierda a alguien, ahora ya no… si no siento que sea una verdadera amistad no hay razón por la cuál debiera mantener una relación (que está) vacía o muerta."

Mmmm... Pensándolo mejor, no estaba del todo equivocada... Sólo que veo a mi alrededor gente que no puedo mandar a la mismísima mierrrda aunque quiera. Ah, en mis primeros posts, cuando estaba convencida de que nadie leería nunca este Blog, me dedicaba a putear de lo lindo. Debería retomar ese hábito. Es maravilloso.

La cuestión es que mi teoría de los 20 cm. falló en parte por lo jactanciosa y en parte porque no siempre se puede poner distancia de todo. Hay veces, según he comprobado, en las que las cosas me calientan, y no en el buen sentido. Y cuando eso pasa, lo mejor es tomar distancia prudencial (ya sean 5 o 30 cm), pensar bien y actuar acorde.

A todo esto, más vale que deje de leer mis posts viejos porque sino me voy a volver loca desdiciéndome de todas las pavadas que vengo diciendo desde hace 4 años... Voy a entrar en un loop esquizo muy jodido!

Corte y confección / This Blog has flown

Hace muchos días que no escribo en este espacio. La explicación es simple: nada de lo que me salió me dejó satisfecha como para apretar el botón de "publicar entrada".

En vez, me di a la tarea de reformar mi extraño mundo, siempre teniendo en cuenta que la versión digital es más fácil de modificar que la real.

Todo este palabrerío viene a dos cosas:

1) Cambié la plantilla, suprimí imágenes pesadas y moví columnas a lo pavote.

2) Agregué tags/etiquetas para facilitar la lectura.

Así, El extraño mundo de Chan quedó divido en secciones tales como "Reflexiones de mi shisha", donde vuelco las cosas que se me ocurren mientras fumo narguile, o la lastimosa "Reina del drama", que no es otra cosa que mi faceta minita llevada al texto.

Muchas de las etiquetas son bastante autoexplicativas, como la de las crónicas, la de los cuentos, o la que tiene como protagonista a mi abuela, Silvia. Después está "Laura Aceto", que es un alter ego contrario al de "Reina del drama", donde la minita en mí se pone agria. Son arranques, sabrán disculpar. Y sino, so sorry.

En "La vida con madre" expulso de mi sistema las anécdotas simpáticas, y no tanto, que me pasan por vivir todavía en su casa. En "Instantes" incluí los posteos donde describo a personas, lugares o situaciones que me quedaron en la cabeza por algún motivo que jamás trataré de explicar.

Por otra parte, en "Webadas" metí todos los textos que tienen como tema los medios tradicionales, novedades encontradas en sitios de Internet o la conjunción de ambos.

La etiqueta "El mundo según Chan" es rara porque condensa textos que escribí en 2006 y otros que son de hace un mes. A veces releo las primeras entradas y parecen escritas por otra persona.


Bien... están avisados. Cambió todo y yo se los advertí.

Paseo inmoral*

Estaba yo vagando por el Patio del Tilo, a la entrada del Centro Cultural Recoleta, cuando se me ocurrió hacer una rápida pasada por las salas de exposición atestadas de gente antes de despatarrarme en la terraza del viejo convento del Pilar.

Lo que me gusta de las muestras de arte que se exponen en el CCR es que los cuadros e instalaciones están colgados en los pasillos del antiguo claustro del Pilar, y el edificio, con su estructura colonial de pasillos que forman cuadrados con patios en el medio, te invita a recorrerlo.

La primera sala a la que entré creo que fue la que tenía la exposición de La historia del fuego, de Paula Duró. Ahí encontré una serie de veinte pinturas que tiraban al estilo naïf, hechas con una mezcla de colores brillantes, figuras planas y animales fantásticos.

Las caras de los personajes bien definidas y un poco más realistas. Me puso nerviosa que algunos fueran bizcos.

Después de esa bocanada de fantasía del altiplano, seguí mi camino, siempre prestando atención a las paredes blancas del CCR.

Unos pasos más tarde reparé en una serie de dibujos hechos con lápiz y a mano alzada, hechos por un corredor de inmobiliaria bastante detallista llamado Iván Freisztav. Me hicieron gracia, pero en seguida otra cosa llamó mi atención.

Estaban ahí, los Quince Ekekos digo. Colgados en la pared, muertos de risa, sosteniendo cajas, bolsitas, granadas, porros, dólares, de todo. Bien cargados para su viaje por las sinuosas rutas del inconsciente colectivo.

La muestra fue pensada en base al libro "Guerrilleros: una salida al mar para Bolivia", de Rubén Mira, que es una suerte de diario del Che Guevara pero en lenguaje punk, muy volado. El relato empieza con un grupo de adolescentes en las sierras que tienen un chip implantado en el cerebro y que han decidido completar la tarea del Che. Raro, ¿no?

Para la versión plástica de la historia, los curadores del centro habían reunido a 15 artistas, la mayoría caricaturistas, para que imaginaran su idea de un ekeko. Encontré los de Sergio Langer, Diego Pares, Gastón Souto, Damián Escalerandi, Liniers, Bianki, Elenio Pico, Pablo Paez, Pablo Cabrera y El Bruno.

El que más me gustó fue uno que tenía por cara al busto de Juan Domingo Perón. Vaya uno a saber por qué. Tenía todos los elementos imaginables, como el tren, las alpargatas y hasta la cabeza de Carlos Men*m colgando cual trofeo de guerra.

Después de darme una vuelta por los ekekos, seguí caminando y entré en otra sala, donde estaban en exposición los premios de la Fundación Andreani. Instalaciones, pinturas, dibujos, de todo un poco. Muy interesante, pero realmente quería terminar el libro que llevaba encima, así que me fui a uno de los patios internos del claustro.

Me morí de frío ahí sentada porque no caía ni un mísero rayo de sol, así que a los diez minutos ya estaba bajando la rampa desde el CCR hacia Plaza Francia. Ahí podría disfrutar del calor y el buen clima, si lograba esquivar la multitud de visitantes.

* Ah, sí, y lo de "inmoral" en el paseo... Es por esa delicia rompe-esquemas que tiene el arte en general. Uno viene con su moral armada y de pronto algo te rompe la vara con la que medías todo.

El limeño

Extracto del libro "Si me querés, queréme transa", de Cristian Alarcón.

"Cuando llegué de Lima, todavía chibolo, fui a la escuela. Duré unos cuatro meses. Como dicen acá, 'me verdugueaban' desde las maestras hasta mis compañeros. No podía dibujar ni las alturas de tierra seca que había frente a mi casa. Me preguntaban que de dónde había sacado esas montañas. Tampoco podía dibujar el cóndor, que es para nosotros el que habita en las alturas. Me decían que estaba en la Argentina, así que había que hacer la pampa y el ombú. Y yo la hacía, pero me parecía un poco aburrido. Allá, con mis primos, subíamos a las alturas para escapar del barrio y mirarlo desde arriba, lleno de esas calles anchas y con las familias creciendo en esas casotas en las que se iban agregando pisos sin parar. Eran manzanas y manzanas cruzadas siempre por el ruido de las mototaxi. Hasta que la arena de mar se vuelve demasiado fina y ya no se puede construir porque lo que sea se derrumba. Solamente una vez dibujé los montes, y una sola vez la casa con el mar de fondo, con las mototaxi que parecen unos vehículos del futuro decorados con todos los colores que se puedan imaginar. Nomás una vez los dibujé porque se me rieron en la cara, los conchesumadre."

"Porque los gringos blancos -acá hasta los más negros se creen blancos al lado de nosotros-  se burlaban, me sacaban el cuero como a un chancho pelado. Me fui quedando en silencio de no poder pronuncias las 'eses' como acá. Allá decimos distintos, y qué quiere que le diga, ¡mejor! Porque, fuera de broma, hablamos, digo yo, un castellano más bonito los limeños. Nos decimos entre nosotros 'causa', que es lo único que yo fui borrando desde el principio para adaptarme a los argentinos que se dicen 'che, boludo'. Allá tenía unos sueños que acá perdí, porque es todo bien diferente: me veía subiendo solo frente al horizonte anaranjado de las tardes en el Callao, como chofer de un micro, para ir al centro cuatro veces al día. Ya me veía yo cruzando la ciudad como hacía un tío mío. Me imaginaba ya despierto tocando la bocina de mi combi propia, haciéndome respetar en la calle como se hacen respetar los que manejan esas chatarras en las que andamos todos en Lima, bien apretaditos. Porque acá los colectivos son grandazos pero allá son más pequeños. Acá en lugar de tocar bocina todo el tiempo como allá, se dicen puteadas y facilito, como si nada, se menta a la madre. Allá si le mentas la madre a uno, capaz que te mate. Igual, no quiero ser criticón, porque bien agradecido que estoy a pesar de lo duro que ha sido. Me ha ido bien, pienso ahora. Yo soy un sobreviviente de tres guerras en esta Villa del Señor, que aunque usted no lo crea se va pareciendo cada vez más a los barrios de mi querida ciudad de Lima."

Pensá que el amor es como una fruta

Imaginá qué pasaría si dejaras tu fruta preferida al sol. Después de un rato seguiría estando ahí, pero se habría podrido. Ya no tendría el dulce perfume fresco, o la suave cáscara, firme y pegada a la pulpa carnosa. Es más, habría lagos de moho cavados en su superficie, llenos de una sustancia pegajosa, viscosa y fétida.

Lo mismo pasa con el amor. Si lo dejás tirado por ahí, es probable que cuando vuelvas a buscarlo se haya echado a perder. Es más, puede que siga siendo tu fruta preferida, pero ya no vas a poder comerla, aunque quieras, porque va a estar tan podrida que no va a ser sano.

Por eso no es recomendable dejar por ahí amores moribundos, olvidados en un alféizar, donde el sol terminaría por pudrirlos. No hay nada más triste que el cariño echado a perder. Sobre todo el que empezó siendo una fruta de gusto sutil y agradable al paladar, y terminó siendo un bocado agrio con olor penetrante y mal sabor.

Tanto peores son los amores que empiezan siendo jugosas frutas prohibidas, porque a la luz del sol se convierten en masas deformes que no hacen más que atraer moscas. A más intensidad, más rápido parece ser el proceso. Al final, son sólo despojos desagradables de un bocado que fuera dulce y ahora no es más que comida de gusanos.

Teletransportación

Para cerrar un delicioso fin de semana, decidí cenar con mi abuela, Silvia, el domingo a la noche. Empezamos a comer antes de las 9, así que una hora más tarde ya estábamos sentadas frente a la televisión, mirando el programa de Susana Giménez (como para alimentar mi mufa después de ver perder a River contra Vélez).

Hacía tiempo que no veía "Hola, Susana", pero me pareció que no me había perdido de mucho. En algún momento cambió el sketch con Emilio Disi por una entrevista con el personaje de Antonio Gasalla conocido como "la abuela". Una delicia en "Esperando la carroza", pero un dolor de ovarios si hay que mirarlo 20 minutos en un programa.

En algún punto de la charla, el histriónico Gasalla evocó los 90 años de la radiofonía argentina, fecha que se conmemoró hace unos días. La historia de los cuatro médicos "locos" subidos al techo del teatro Coliseo, a pocas cuadras de la casa de mi propia abuela, hizo que ella se teletransportara a algún recuerdo lejano.

"Fue Pepito Guerrico", dijo.

La miré y estúpidamente acoté: "Fue Susini también, y los otros dos", pero ella siguió con la transmisión de su anécdota.

"Pensar que la Mujer Fresco lo adoraba", recordó con una sonrisa.

"¿La Mujer Fresco, tu amiga?", pregunté, parando la oreja y dejando bien al fondo la sonora carcajada teatral de Susana.

"Claro, Pepito le dijo a su cuñado que nunca se iba a casar con ella, pero le dejó la mitad de su fortuna", relató mi abuela Silvia.

Al parecer, Guerrico nunca se casó, pero si vivió varios años con una pareja, "una bailarina del Colón", según especificó, incapaz de acordarse el nombre.

"La Mujer la cuidó cuando ella se enfermó y después de que se murió, conquistó a Pepito y se lo quedó. Nunca se casó", relató mi abuela.

Una vez más, la madre de mi padre logró sorprenderme con una anécdota sacada del increíble arcón de recuerdos que es su memoria, que lleva alimentando 92 años.

"Pero... Hace 90 años de la primera transmisión de radio argentina. Guerrico debía ser más grande que la Mujer", consideré.

Está claro que mi nivel de astucia decae notablemente los domingos a la noche, cuando pierde River y me pongo a ver a Susana Giménez. Haciendo caso omiso de mi zoncera, abuela se limitó a retrucar que sí, que el colaborador de Enrique Susini debió haber sido "diez años o veinte" más grande que su amiga.

Al margen de la historia, siempre pensé que el apodo "Mujer" era muy fuerte. Según abuela, lo lleva desde que era sólo una niña. ¿Qué clase de destino habrían pensado los padres de "La Mujer" Fresco para ponerle tal sobrenombre?

Abrazos

La cabeza me daba vueltas. Juro que en toda mi vida jamás había sentido ni tanto frío. Tenía las rodillas débiles, como si me estuviera parando sobre zancos. Claro, es que las botas que tenía puestas eran de taco aguja. Los ojos me picaban, mucho. Sobre todo alrededor de los párpados, por el exceso de rímel.


Y él estaba ahí. Primero me ayudó a pararme, despacio, con su brazo alrededor de mi cintura y mi cabeza apoyada en su hombro. Cuando estuve de pie quedamos como abrazados. Se sentía bien el calor humano, el percibir cómo latía su pecho. Por suerte él me sostenía con mi cuerpo pegado al suyo.

- ¿Otra vez acariciando la pena, Annie? ¿Estás bien? -preguntó él. Pero ya sabía la respuesta.

-Es un hijo de puta -me acuerdo que le dije.

-Ya lo sé. Ya no importa. Dejálo -insistió.

Me seguía sosteniendo con una mano sobre mi cintura, mientras me acariciaba la espalda despacio con la otra. Era lindo sentir ese cariño puro, que no está manchado por los errores ni la calentura. Son esos mimos que no tienen pasado, que son nuevos a la piel y a la memoria.

Podría haberlo besado. Estaba en un punto dulce, tierno. Justo para que avanzara. Pero a todas las noches perfectas les siguen amaneceres tortuosos, y me quedaba algo de cordura todavía. Además, sólo quería un abrazo. Sentir de nuevo ese amor limpio, ese cariño desinteresado.

Confieso que quería un poco de calor humano. Saborear el olor que tienen las personas en el cuello, mezcla de salado con restos de colonia. Y sentir la sangre bombeando un poquito más rápido. Mi sangre, digo. Nada como cerrar los ojos bien apretados, para que no piquen por el sol o el maquillaje reseco, y dejarse caer en los brazos de otro ser humano.

Es eso otro

Siento que me cosquillea algo en el centro del pecho. No es como otras veces, que sentía como si un pulgar me presionara el esternón y me hiciera doler y respirar profundo para liberar la tensión... En vez, es un tintineo constante que me hace temblar, subir el color en la cara y sonreír compulsivamente... ah, orgullo se le dice.

Misterio resuelto

Desde hace varios días me venía preguntando por qué muchas de las lecturas de este espacio corresponden a un post que escribí en abril de este año, titulado simplemente Bombachas. Sí, tengo cómo averiguar qué entradas tienen más visitas, y cuáles son los motores de búsqueda que derivan en mi Blog, pero nunca pensé que un simple texto sobre la diversidad del guardarropas íntimo de las mueres pudiera causar tanta curiosidad.

Claramente subestimé la capacidad explorativa de algunos cibernautas, porque la búsqueda de imágenes de bombachas, y de mujeres usándolas, fue uno de los determinantes para el tráfico de esos "pasajeros" por este sitio. Sin embargo, no fue sino hasta hoy que se me ocurrió hacer el experimento de poner "bombachas" en el buscador multivaqueano de G00gle. Y la respuesta estaba esperándome ahí, al pie de la tercera página de resultados...

Entonces calla

Si no sabés qué decir, entonces calla. Si las palabras que vas a pronunciar no reflejan la verdad, no las digas. No hables por llenar el vacío, ni por cortar el silencio. La quietud muchas veces da lugar a la reflexión, y eso puede ser más valioso que tu palabrerío.
Tu mano en su hombro, tu mirada compasiva, y por sobre todas las cosas, tu paciencia, son las mejores armas contra la aflicción. Por lo demás, es mejor que te calles. Que no digas nada si lo que vas a lanzar al aire es una necedad o una pavada.

Es mejor que permanezcas en silencio, que mires con detenimiento y seas testigo ocasional de un derrumbe en proceso, antes de que te conviertas en el desafortunado cronista de un noticiero sensacionalista. Mejor no hablar en ciertos casos.

Mejor calla. Si vas a decir mentiras o verdades a medias, ahorrátelas. Y si vas a alimentar el fuego de la discordia, calla dos veces, una por insidioso y otra para no meter la pata. Uno nunca sabe toda la verdad. Sólo escucha una campana, y con eso no basta.

Callar es un ejercicio más complejo que la buena oratoria. Cualquiera puede aprender a hablar frente a una audiencia, pero muy pocos son capaces de guardar silencio frente a una persona en un momento delicado.

Sin embargo, hay veces en que es mejor si callas.

Lo primero que se muda

Lo primero que uno muda cuando uno cambia de casa es la cabeza. Lo siguiente son los posavasos. A las pruebas me remito.

Para dejar el hogar de familia y emprender la vida en la propia morada, lo primero que hace falta es tener el estado mental que permite decir: "Es hora de tener un lugar mío. Quiero mi casa". Una vez que el cerebro procesa esa ida,se está listo para partir.

Claro que los avatares de la vida cotidiana hacen que sea más, o menos, rápido el proceso de determinar mentalmente la mudanza a concretarla. Por eso, muchas veces pasa que antes de que se produzca el evento, uno ya está comprando cosas que usará en su hogar.

Para imaginar la decoración, hacerse una idea de la vida que uno va a llevar y terminar de enamorarse de la idea de declarar la independencia a la "casa matriz" en la que cada uno creció. Entonces, lo primero que se adquiere para la nueva vida son los posavasos.

Tener un set de posavasos aún cuando no se tienen ni vasos, ni una mesa donde apoyarlos, ni un techo para ofrecerle a los invitados, puede resultar un poco apresurado. Pero es algo simple, sencillo, como la primera baldosa de la decoración de toda una casa.



Es como el primer paso antes de decir "vénganse a casa a tomar algo". Como cuando uno se siente lo suficientemente maduro (¿?) para decir: "Ey, tomá un posavasos, no me marques la mesa". También es un comienzo tímido pero certero de que es uno quien elige los colores, el estilo y el tamaño que tendrá la vida de ahora en adelante.

No, a la gente no se la puede caracterizar (mucho menos juzgar) por los posavasos que tiene, pero es un gesto cómplice con uno mismo el comprar media docena de cuadraditos chatos y finitos pensando: "Son para cuando vengan los chicos a tomar algo a casa".

Es esa

Es esa sensación rara que me nace en el centro del cuerpo y va subiendo por mi panza y después mi pecho. Trepa por mi garganta y me pica y molesta. Empieza a arder y se me llenan los ojos de lágrimas. Y no logro vomitar el grito, sólo puteo para mis adentros y tiro puñetazos al aire. ¿Quién carajos te crees que sos? ¿Alguien mejor que yo?

No me sale decirlo. Pero cómo te cagaría a palos. Porque te lo merecés, sólo por eso.

Eterna la noche

¿Nunca se te hizo eterna una noche? Como si estuvieras sentado en el cordón de la vereda, en plena calle desierta, bajo las luces tenues del alumbrado público. Como si te rodeara un vaho de humedad helada, que se te pegotea en el cuello y te hace sudar en frío.

Una de esas noches donde todas las frases suenan inconexas, e incorrectas. Esas noches tienen la particularidad de ser eternas porque te quedan grabadas en la cabeza. Las sombras de las personas se desplazan a pocos metros tuyo, por una calle lateral, y siguen de largo, acompañando fielmente a sus dueños.

Nadie te presta atención. Es una noche donde el cielo contiene la respiración y vos también. El tiempo se detiene, estás ahí sentado, quieto, con las manos entrelazadas y apretando los dedos contra el dorso de las palmas. Te tiembla el pulso. No lo podés evitar.

Dicen que el día tiene 24 horas, y que la noche ocupa sólo una parte de ese tiempo. A veces más, a veces menos. Hay noches que son eternas porque te da vueltas la cabeza y no podés sacudirte el recuerdo. Vas a ver cientos de amaneceres y aún así vas a seguir viéndolo.

Bueno, así me siento. De ese modo. Es una noche muy larga, que empezó no sé bien cuándo. Creo que fue la primera vez que tomé ese vaso, pero también puede haber sido después de la primera frase que pronuncié.

Creo que mi tonada me vendió como extranjero aunque no lo sea. Sólo soy forastero en esta ciudad, que es demasiado grande, como un país aparte. Lo que empezó siendo un brindis amistoso con compañeros ocasionales dentro de un bar cercano a la terminal terminó siendo un vaivén de copas que fueron a morir al piso, y yo con ellas.



Necesitaba aire. Salí del local un momento, y cuando intenté volver, me negaron la entrada. Después de un tiempo me encontraba solo, de cara a la noche, con los dedos entrelazados mientras algún forajido se frotaría las manos, pensando que yo era presa fácil.

Y la noche parecía eterna, pesada sobre mis párpados. No tenía un centavo encima. Estaba más pelado que cuando había bajado del micro. Les había pagado la pieza por adelantado, pero ellos me habían bailado.

Fue la curda más cara de mi vida, y la noche más larga que pasé en Buenos Aires. Difícil fue esquivar al vigilante. No lo escuché acercarse, así de silencioso venía él, y así de aturdido estaba yo. El mono me miró y me pidió el documento.

Se los mostré, creo que por eso no me llevó. Por eso, y porque vio que era un pobre diablo al que no le sacaría ni una moneda. Me hizo pararme y la oscuridad que estaba suspendida sobre mi coronilla bajó de pronto sobre mi cara, mis hombros...

Caí sentado sobre la vereda. Creo que me empecé a quejar, o a reírme, no me acuerdo. El cana tenía ganas de pelearme. Me empujó primero con la punta de su bota negra, que ya tenía barro en los bordes y después me clavó un puntapié limpio y directo a las costillas. No me dijo por qué.

Yo me retorcía hecho un ovillo en el piso mientras el cana me gritaba no sé qué, y me pegaba con la punta de sus botas en las canillas y los antebrazos. Estaba siendo amable: podría haber elegido mi nuca o mi espalda.

Es un divertimento, supongo, algo que no conocía cuando llegué a esta ciudad. Un grupo de extraños deja en bancarrota al recién llegado y un policía, lejos de socorrerlo, se dedica a darle la peor paliza de su vida. Algunas de las patadas dieron de lleno en mi frente y mis tobillos. Después se cansó y se alejó.

Pasaron las horas y salió el sol. El dueño del bar se había ido hacía rato, dejándome hecho un ovillo a escasos metros de la puerta del local. Sentía frío, tenía los pantalones mojados y sabía que no había llovido, y que en la ciudad no existe el rocío.

Estiré el cuello, pero me dolía. Bajé un poco los hombros, moví los dedos lentamente y separé los codos y las rodillas del pecho. Inspiré y lancé un grito agudo de dolor. También terminé de devolver todo lo que había tomado la noche anterior.

Me apoyé sobre mi espalda y tomé envión rodando por el suelo para poder pararme. Debo haber dado una imagen lastimosa: un hombre de 40 años, regordete y de baja estatura tambaleándose porque tiene las piernas y los brazos moretoneados.

Logré pararme y recuperar el equilibrio apoyado contra la pared. Con los ojos más achinados que de costumbre, hice foco en el asfalto. La noche había terminado y el sol empezaba a calentarme la mollera.

No recuerdo ni una palabra de mi primera conversación con mi vecina Beatriz, la señora del timbre 3 que me prestó una pieza en su propia casa hasta que empecé a alquilar el departamento de arriba. Es más, no sé ni por qué tuvo ese gesto de grandeza con un extraño.

Mi primera noche en Buenos Aires fue eterna. Pasó, pero todavía hay veces en las que dudo si bajar por esa calle o visitar ese bar.

mafaldachan está escribiendo un mensaje...

¿No les molesta soberanamente que MSN, Pidgin, aMsn, gTalk y todos esos programas para chatear informen cuando la otra persona está por mandar un mensaje? Es como si generara más expectativa que lo normal.

Cuando tenemos una conversación cara a cara con una persona no podemos ver el interior de su cabeza, salvo que seamos Venus, claro. El resto de los mortales no podemos notar cómo las neuronas del otro hacen sinapsis.

Lo máximo que podemos notar es cuando provocamos una reacción no verbal, pero no vemos la progresión mientras formula la respuesta verbal dentro de su mente. A lo sumo se manifiesta en una sonrisa, o el ceño fruncido.

Pero en el caso de la comunicación vía texto a través de Internet, sucede que los dichosos programas informan: "FuLaNiT@ (B) está escribiendo un mensaje...". Entonces uno para de escribir para esperar a que la otra persona apriete "enter".

Generalmente, esa actitud sirve para evitar que los mensajes se pisen, que uno no lea al otro, o que se superpongan temas (algo muy habitual y engorroso). Pero otras veces pasa algo distinto.

Simplemente desaparece el maldito anuncio y el mensaje no se materializa. O lo que es más frustrante, "FuLaNiT@", o como piringundín se llame, envía "seee" como toda respuesta, o un lacónico "no".

Es entonces cuando me pregunto con toda seriedad si realmente tardó un minuto entero en tipear una respuesta así de escueta, o si cambió trescientas veces de texto hasta que resolvió zanjar la cuestión de ese modo.

La situación se pone peor cuando una conversación es tensa. Pelearse o hablar de amor por medio de programas de chateo me suena a séptimo grado, pero la vida es bella, nos da sorpresas, y no siempre nos deja elegir las batallas.

Con esto quiero decir que si estoy esperando la respuesta de "FuLaNiT@" y veo que "está escribiendo un mensaje", me saca que después desaparezca el anuncio sin que yo reciba el mensaje.

Me da ganas de gritarle a mi interlocutor: "¡apretá 'enter' de una maldita vez!", pero de nada sirve. Estoy sentada frente a un monitor que es indiferente a mi angustia existencial, o ansiedad, o como se le llame.

Nada, eso. Me embola y quería decirlo.

Lo malo de los buenos recuerdos

Hay un punto en el que sabés que estás jodido, y es cuando tus dedos empiezan a divagar por el teclado y presionan solitos las teclas. Este es uno de esos momentos.

Llevaba al menos cuatro años sin jugar a los dardos. Mentira, probablemente haya jugado hace menos tiempo, pero no lo hice con tanto cariño. Porque con los dardos no se trata sólo de puntería o de la posición del brazo sino también de querer al dardo, y al bullseye.

De pie frente al blanco, con la luz tenue del bar alumbrando el disco blanco y negro, me limité a extender el brazo y sostener el dardo "como un papelito", como un bollo de papel, según quiso decir él. Pero yo no paraba de sostenerlo como un lápiz. Mike me critibaca lo mismo. Hoy le hubiera gustado verme jugar.

Extendí mi bazo, y dejé que el dardo se deslizara por entre mis dedos en forma de montoncito, no con la pluma entre mis dedos índice y mayor, sino agarrado por toda la mano. Triples, dobles, da igual. Salieron todos para el campeonato. Pero el problema era descontar. De eso se encargaba él, yo de tirar dentro del blanco.

De pronto me acordé de él, de su casa helada, del hogar caliente, y de la cerveza en el pub que estaba a sólo 5 minutos de caminata. Le saqué una foto poco discreta -la discreción no era lo mío por esos días- y después me reí. Entramos al bar, él, sus padres, su hermano y yo.

Otra vez estábamos en Killkenny. Preciosa ciudad junto al mar, de tiempo bravo y gente afable. Llovía, era de noche y la humedad nos tenía hartos. Estaba ahí, dimos justo en el blanco: cuando nos quisimos acordar, ya estaban los dardos volando.

Puede ser que los dardos y la sidra sean las cosas que más me acuerdo de él. Y sus frazadas calientes en una noche cerrada y fría, al punto en que los vidrios se empañaban.

Lo malo de los buenos recuerdos es eso: que son los que más persisten y dan lugar a la nostalgia, que no es otra cosa que querer volver a lo que ya no existe más. En vez, la nostalgia lleva a un mundo despegado de la realidad, pero MS me explica que la finalidad de los buenos recuerdos es perdurar.

"Necesitás acordarte de lo malo para cortar", señala ella, pero nada dura para siempre: "Al final, lo que queda en la memoria son los recuerdos felices", rescata. Al principio, esas buenas memorias son traicioneras, porque invitan a repetir el plato. Pero mejor evitarlo.

Y en nombre de eso se corta por los recuerdos malos, pero se sobrevive gracias a los buenos.

Las letras feas

Exterior - Día - Avenida Santa Fe (Capital Federal)

Madre y hermana estaban paradas en el medio de la calle, en una tarde de cielo color tiza y bastante frío. Yo me acerqué arrastrando los pies, con las piernas algo ligeras, una sensación bastante extraña. "Conseguí tres libros", anuncié con voz monótona, entre cansada y aburrida.

Tras pasar fácil media hora dentro de la librería, no sólo compré el libro que había entrado a buscar, sino dos más que no esperaba tener el impulso de leer. La literatura tiene la extraña capacidad de imponerse, casi como la música. Debe ser por eso que es un arte.

Mamá Chan, ávida lectora como es, se limitó a decir: "Qué bien, ¿cuáles son?", a lo que le informé: "Uno de Boris Vian, el último de Cristian Alarcón y uno que me hizo gracia, que es de Charles Bukowski". Madre se me quedó mirándome, con sus diminutas cejas arqueadas.

Su silencio no era una señal de aprobación, sino de curiosidad. Saqué los tres libros de la bolsa de papel donde me los habían entregado y se los di. Leyó los títulos, miró las portadas y exclamó: "¡Ay, mirá que me das un susto en una noche de verano! ¿No querés leer algo más lindo?".

Confieso que me llamó la atención que me dijera eso, sobre todo porque es una persona acostumbrada a leer desde textos sobre filosofía hasta investigaciones sobre la sexualidad, el alma, y temas muy variados. "Algo más lindo", me reclamó.

"No todas las letras tienen que ser lindas. A veces la realidad no lo es", objeté, al tiempo que entrábamos a un café. Mientras esperábamos nuestro pedido, madre empezó a leer las contratapas de mis nuevas adquisiciones y volvió sobre el tema: "Sí, pero, ¿encima leer eso?", dijo, y me devolvió el libro de Bukowski con desgano.

"Bueno, no escribirán con la sutileza de Truman Capote ni con la altura de Ernest Hemingway, pero son muy descriptivos a su manera", intenté conciliar. Me parece que madre no quedó ni un poco convencida. A todo esto, hermana se limitó a decir: "No te gastes en vendérmelos, yo ni siquiera leo".

Mi familia tiene límites intelectuales después de todo. Yo también debo tenerlos, pero parece que no los tengo tan definidos todavía.

Dicho así...

...cómo rebatirlo!

"¡No lo entiendo! Lo que pasa es que para mí el amor se reproduce a sí mismo... Así, ¡como los hongos!", objeté en el medio de la avenida.

"Soy un plancton", dijo ella, refiriéndose al plantón. "Es mejor que que enmaceten", contesté.

"Son los reyes de la intriga y cuando los descubrís son Jacobo Winograd", sentenció con dureza ella.

***

Nada como los fragmentos inconexos de una conversación catártica entre mujeres.

El principito y la rosa

"Y cuando regó por última vez la flor, y se dispuso a ponerla otra vez al abrigo de su globo, descubrió que tenía deseos de llorar.
-Adiós -dijo a la flor.
Pero la flor no le contestó.
-Adiós -repitió.
La flor tosió, pero no por el resfrío.
-He sido tonta, te pido perdón. Procura ser feliz.
Quedó sorprendido por la ausencia de reproches. Permaneció ahí, desconcertado, con el globo en la mano. No comprendía esa calma mansedumbre.
-Pero sí, te quiero -le dijo la flor. -No has sabido nada por mi culpa. No tiene importancia. Pero has sido tan tonto como yo. Procura ser feliz. Deja el globo en paz. No lo quiero más.
-Pero el viento...
-No estoy tan resfriada como para... El aire fresco de la noche me hará bien. Soy una flor.
-Pero los animales...
-Es preciso que soporte dos o tres orugas si quiero conocer a las mariposas. ¡Parece que es tan hermoso! Sino, ¿quién habrá de visitarme? Tú estarás lejos. En cuanto a los animales grandes, no les temo. Tengo mis garras.
Y mostró ingenuamente sus cuatro espinas. Después agregó:
-No te detengas más. Es molesto. Has decidido partir. Vete.
Pues no quería que la viese llorar. Era una flor tan orgullosa..."


Varias veces en mi vida intenté empezar a leer "El príncipe", de Nicolás Maquiavelo, pero siempre me pasó lo mismo: terminé leyendo de nuevo "El principito", de Antoine de Saint - Exupéry.