Tos ácida

Contame de nuevo qué se siente sumirse en un sueño pesado de alcohol y tos ácida. Explicame todo: la saliva espesa, la falta de aire, las arcadas, la cama que se mece como una hamaca, como si uno sufriera un mareo de tierra.

Quiero detalles sobre el pulso de la sangre, sobre la temperatura del cuello y sobre los escalofríos en la espalda. ¿Se calman con una manta? ¿Para el temblor si no estás a la intemperie, si están cerradas las ventanas?

Todo me sirve para entender, para tener una visión de cómo es perderse en el fondo de un vaso para levantarse con un destornillador clavado en el costado de la cabeza y un tenedor haciendo juego del otro lado del cráneo.

Y la sed.

El gusto metálico en la lengua, el paladar blando irritado, la saliva amarga... El trago de agua que no pasa por el túnel milimétrico del esófago. O sí, pero no sin trabajo. Da arcadas, como si el cuerpo no quisiera absorber lo que horas antes quiso expulsar.

Quizás cuando vayas por la mitad de la jarra de agua empiece a correr mejor el líquido en tu boca, pero para ese entonces vas a tener problemas más graves, como el dolor en la zona baja del abdomen y el sudor frío en la espalda.

¿Valió la pena? Tomar tanto suero de la verdad, gran inhibidor de las trabas más raras e íntimas que supiste construir. El aliado que te dio calor y te ayudó a envalentonarte durante la noche, y que te traicionó apenas salió el sol.

Primero te hizo vomitar verdades y después dejó tu cuerpo cual demonio bien servido que salió de tu boca en forma de bilis. Decime qué se siente.
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Las personas que entran...

Las personas que entran a tu vida no te van a andar pidiendo permiso para irrumpir en tu realidad. Eso sí: con un poco de tiempo y práctica se puede aprender a echar a patadas ninja a quienes no deberían robar un sólo día del calendario.

Las personas entran y salen de tu vida para enseñarte algo de vos, y para que les enseñes algo a ellas. También sirve al revés, pero esencialmente se trata de aprender de otros eso que nos puede cambiar la vida, o al menos la cabeza.

¿Qué onda tu buena onda?

Algunas relaciones no se cortan simplemente por dejar de ver a la otra persona por un tiempo prolongado. Quizás llevas dos años sin tomar un café (ese que se prometieron la última vez), pero eso no significa nada si te cruzás por la calle, publicás un estatus o foto en Facebook, mandás un mensaje privado en Twitter.

La onda sigue ahí. Era buena la última vez y no hay motivo alguno para que deje de serlo por el sólo hecho de que pasen los años. Tampoco se trata de pedirle una prenda de amor o una prueba de amistad a la otra persona: es sólo el delicioso vaivén de la acción positiva que fluye sin pedir nada a cambio.

Quizás no se trate de la relación interpersonal más valiosa que tengas, o del vínculo más profundo que hayas mantenido, pero sonreír es gratis, como dice el cartelito de McDonald's. Saludar, agradecer, tirar un poco de buena onda cuando (quién te dice) a la otra persona le puede venir bien en un día poco feliz.

No cuesta nada ser sentir empatía -ponerse en el lugar del otro- y hacerse el lindo y buena onda. No es de careta, es de ser humano. No es fingir una sonrisa cuando el impulso primario es mandar a la mierda a la otra persona en honor a los buenos malos tiempos, sino mantener fuerte ese hilo positivo que conecta a las personas que tuvieron un lugar positivo en la vida.

Lo de siempre: mantener vivo lo lindo, dejar morir lo feo.

Diez años después

Si 10 años después, te vuelvo a encontrar en algún lugar,
No te olvides que soy distinto de aquel, pero casi igual.

No sé cómo, pero hablando con F. me acordé de que empecé el año 2004 en un(a) bouzoukia de Atenas, con amigas y brindando con ouzo al grito de "¡Opaaa!". Una década después recibí 2014 tomando  mi campari de a sorbitos en un jardín de Llavallol, provincia de Buenos Aires.

"¿¿Me querés decir qué hice todo este tiempo para llegar de un punto a otro?!", estallé, y F. atinó una respuesta: parece que todo tuvo que ver con mis decisiones en estos diez años. "Al menos no soy obesa, me mantengo sola y tengo mi propia casa", me dije, como si necesitase una excusa para vivir la vida que me gusta, que cambió en todo este tiempo y que me refleja hoy de un modo que no me podría haber reflejado hace una década...

Pensándolo bien: no puedo esperar a ver dónde recibo el 2024.


La medida del tiempo

"Existe una cosa muy misteriosa, pero muy cotidiana. Todo el mundo participa de ella, todo el mundo la conoce, pero muy pocos se paran a pensar en ella. Casi todos se limitan a tomarla como viene, sin hacer preguntas. Esta cosa es el tiempo", Michael Ende, "Momo"

"¿Cuántos años tiene la hija de Karina, la Princesita?", pregunté en voz alta mientras intentaba hilvanar un encabezado lógico para la nota que estaba escribiendo. "Creo que cuatro. Es de la edad de Delfi", respondió en seguida A con la seguridad que sólo una madre tiene cuando da un dato sobre su hija.

Puede ser que Delfi sea la medida de todas las cosas en la vida de A. Quizás su línea de tiempo se divida en "a.D." y "d.D", quizás un año empieza y termina con el cumpleaños de su "princesa" y las fechas relacionadas a ella son más útiles como referencias temporales que, digamos, las efemérides del día de la fecha.

El tiempo me fascina porque el hombre ha tratado de contabilizarlo, administrarlo, controlarlo y hasta de usarlo a su favor sin un ápice de éxito. El sol, la luna, las estaciones... Ninguno parece prestarle atención a los múltiples calendarios que tan aplicadamente confeccionamos y difundimos durante siglos.

"A esa chica la conozco desde que iba a la facultad, en el 2004" compite con "Te conozco desde hace 20 años. ¡Desde tercer grado!", pero también está el "No, hace mil que no lo veo. Fue antes de empezar a salir con tal". No se devanen los sesos tratando de descifrarlas: son referencias que sólo me sirven a mí.

El 2000, por ejemplo, es un antes y un después de mi historia. Tenía 16 y dos semanas cuando murió mi abuela materna. El 18 de julio de 1994 es el aniversario del atentado a la AMIA, pero siempre me acuerdo del año porque fue dos después que la explosión en la embajada de Israel, que ocurró a tres cuadras de mi casa.

Nacimientos, premios, viajes, citas, lo que sea... Cualquier episodio puede ser mejor referencia histórica que una fecha específica. "No me acuerdo qué día de mayo, sé que era el cumpleaños de tal" puede ser la respuesta a cuándo fue la última vez que te reíste muy fuerte en plena borrachera.

Una persona puede hacer las veces de calendario para otra, pero el riesgo es que se corte la línea de tiempo cuando se vaya y entonces es el fin de una era. Y eso no siempre está bueno.