Coca - Cola. Chocolate. Turrón. Uñas con esmalte rojo fuego descascarado. Pellejos al rojo vivo. Un pañuelo atado a la cadera. Calzas con rayas, remera rota en la panza. El pelo muy corto en la nuca, platinado y con el flequillo sobre los ojos. Ni una gota de maquillaje. Dos perfumes distintos, nada de desodorante. Música. Un bello desastre, una nariz chiquita, labios rosados y carnosos. Ojos marrones. Pestañas negras.
Habla sola, canta de a ratos, no le gusta usar el teléfono. Escribe. No cobra por su sabiduría. Estudia. Le dijeron que está gorda. Ella piensa que es flaca. Está en lo correcto, o al menos así le gusta creer. En todo momento mueve los dedos como si digitase su destino. Si pudiese, se subiría a un tren y no volvería más a su punto de partida. Viviría en un pueblo de mar. Aprendería a tocar un instrumento. Pero prefiere soñar con eso por ahora, no concretarlo.
Ahora vive en la ciudad, está cansada de las bocinas y se sienta a esperar en el zaguán a que le bajen a abrir la puerta. Come caramelos ácidos. Habla sola, toma Coca - Cola, le gusta la música, quiere viajar toda la vida pero se da cuenta que no, que todavía no es su tiempo de partir.
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Una ola inminente
Estoy temblando. No de frío ni por sueño o falta de comida, sino de nervios. Tiemblo por la ansiedad que provoca ver cómo se levanta la ola sobre la rompiente. Dicho sin tanta pompa, estoy inquieta porque veo que se arma frente el final inminente de una historia, que podría ser una salvajada de palabras, un ataque verbal o nada más la irrupción de un mensaje escueto, compacto y sincero.
A veces los comentarios más ligeros y casuales se convierten en esa astilla diminuta que te jode el dedo, te lo hincha y provoca dolor. Qué se yo, pasa. La otra persona cree que está llenando el vacío con su voz sólo para matar el tiempo y el silencio, y en vez le sale decir lo que realmente piensa. Y uno se queda pensando en eso como si fuera una verdad metafísica en vez de un comentario al pasar.
La cosa es que toda esta situación me tiene ansiosa. Cuando uno ve que la ola le va a romper en la cabeza hay una milésima de segundo en que piensa en zambullirse y esquivarla, y otra en la que imagina cuánto le irá a doler el golpe del agua en la cabeza. Bueno, por lo menos a mí me pasa así (de más está decir que en el mar parezco una morsa bruta más que un ágil delfín).
¿Se acuerdan de "La historia del periodista y su bella dama"? Parece que se pudrió todo. Hace casi un mes empezaron los mensajes cifrados en una sección de la revista Paparazzi donde se hablaba de un periodista que buscaba recuperar el beneplácito de una "preciosa chica". Con el correr de las semanas se supo que hubo una pelea, que él está arrepentido y que considera que es tiempo de hacer las paces.
Pero parece que la señorita en cuestión necesita su tiempo y espacio para volver a sonreír al periodista. Y también parece que él no es un dechado de paciencia y encantos. Al menos esa es mi conjetura porque, para ser honesta, me encariñé con este culebrón de redacción tan servido en las páginas de la revista que llega todos los viernes al trabajo.
Como si fuera la recta final de una novela de la tarde en pleno enero, yo sigo las publicaciones de la revista sobre el periodista y su bella dama. Claro que en la última entrega el mensaje es más escueto y yo di por sentado que se trata de los mismos personajes de siempre. Si no son ellos, ¿sobre quién estallará la ola?
A veces los comentarios más ligeros y casuales se convierten en esa astilla diminuta que te jode el dedo, te lo hincha y provoca dolor. Qué se yo, pasa. La otra persona cree que está llenando el vacío con su voz sólo para matar el tiempo y el silencio, y en vez le sale decir lo que realmente piensa. Y uno se queda pensando en eso como si fuera una verdad metafísica en vez de un comentario al pasar.
La cosa es que toda esta situación me tiene ansiosa. Cuando uno ve que la ola le va a romper en la cabeza hay una milésima de segundo en que piensa en zambullirse y esquivarla, y otra en la que imagina cuánto le irá a doler el golpe del agua en la cabeza. Bueno, por lo menos a mí me pasa así (de más está decir que en el mar parezco una morsa bruta más que un ágil delfín).
¿Se acuerdan de "La historia del periodista y su bella dama"? Parece que se pudrió todo. Hace casi un mes empezaron los mensajes cifrados en una sección de la revista Paparazzi donde se hablaba de un periodista que buscaba recuperar el beneplácito de una "preciosa chica". Con el correr de las semanas se supo que hubo una pelea, que él está arrepentido y que considera que es tiempo de hacer las paces.
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| No hay "tontos"en esta Tierra, salvo los que evitan sentir algo |
Como si fuera la recta final de una novela de la tarde en pleno enero, yo sigo las publicaciones de la revista sobre el periodista y su bella dama. Claro que en la última entrega el mensaje es más escueto y yo di por sentado que se trata de los mismos personajes de siempre. Si no son ellos, ¿sobre quién estallará la ola?
Rata de dos patas
"Las mujeres no podemos sentir placer en la cama si sentimos desprecio por la persona con la que nos acostamos. Es mentira que podamos separar el sexo del cariño. O sea, siempre que por 'cariño' entiendas que hablo de deseo, de una valoración positiva de la otra persona", sentenció y las monedas hicieron de trompos en la mesa del bar, hasta que las aplastó con la mano.
"Es una pena, porque la pasarían tan bien como nosotros, que podemos coger por venganza, por deseo, por fetiche, porque tenemos ganas, porque estamos enamorados... Bueno, la verdad es que podemos encontrar una buena excusa casi en cualquier momento. Hasta el aburrimiento, te juro", explicó Camilo mientras levantaba lentamente las monedas.
"Groso. Pero nosotras no. Es más, sentíte bien si una mina se va a la cama con vos, o lo que sea. En ese sentido, no podemos mentir. Sí podemos estar re borrachas y darnos cuenta después de que fue una cagada tener sexo. También puede que nos gane más nuestro instinto animal y queramos 'coger y olvidarnos' por una noche. Pero así y todo nos tiene que copar el tipo", se explayó.
"¿Y qué pasa si te metés con un chabón y después te das cuenta de que fue una cagada, o de que no te gustaba, o de que en realidad estabas pensando en otro, al que llamás en sueños...? Perdón, tennía que preguntar...", exclamó al esquivar las monedas, que estaban dirigidas a su nariz.
"Entonces, nada. ¿Qué se le va a hacer? Si están ahí, tan dispuestos siempre... Hasta una dama puede pisar en falso..."
"Es una pena, porque la pasarían tan bien como nosotros, que podemos coger por venganza, por deseo, por fetiche, porque tenemos ganas, porque estamos enamorados... Bueno, la verdad es que podemos encontrar una buena excusa casi en cualquier momento. Hasta el aburrimiento, te juro", explicó Camilo mientras levantaba lentamente las monedas.
"Groso. Pero nosotras no. Es más, sentíte bien si una mina se va a la cama con vos, o lo que sea. En ese sentido, no podemos mentir. Sí podemos estar re borrachas y darnos cuenta después de que fue una cagada tener sexo. También puede que nos gane más nuestro instinto animal y queramos 'coger y olvidarnos' por una noche. Pero así y todo nos tiene que copar el tipo", se explayó.
"¿Y qué pasa si te metés con un chabón y después te das cuenta de que fue una cagada, o de que no te gustaba, o de que en realidad estabas pensando en otro, al que llamás en sueños...? Perdón, tennía que preguntar...", exclamó al esquivar las monedas, que estaban dirigidas a su nariz.
"Entonces, nada. ¿Qué se le va a hacer? Si están ahí, tan dispuestos siempre... Hasta una dama puede pisar en falso..."
Annie in the city (at night)
"Es difícil salir a la calle borracha o fumada y articular las palabras para pedir un Malboro de 10 (estoy tratando de dejar), sin que el kioskero de mierda se me ría en la cara porque se me nota lo ida que estoy. O peor, sin que me ponga cara de indignación porque piensa que le voy a empapar el mostrador de vómito.
Si yo fuese hombre, seguro que el tipo pensaría que le voy a robar o que le voy a pegar un tiro nada más para joder. Pero como soy mujer, sólo quieren librarse de verme así, en ese estado. Qué poco solidarios se vuelven todos a la noche.
Digo mal: la gente a la noche se vuelve como si fuera compañera de aventuras. Pero los que no son de la partida, se alejan. Es la sutil diferencia entre un tachero que putea cuando la minita de turno le embadurna el asiento de atrás con jugos gástricos y alcohol mal digerido, y el que se lo aguanta estoicamente y pregunta: '¿Está bien tu amiga?' por cortesía, aunque sea obvio que la chica está como el culo"
"Qué asco..."
"Ustedes, los hombres, no lo saben o no se quieren dar cuenta, pero es tan penoso y desagradable ver a una mina quebrada por el alcohol, que esquivar a un hombre que te tira la boca como si los labios fueran babosas radioactivas y que tiene los ojos abiertos y vidriosos de tanto chupar. Un asco es el chivo que les empapa la remera y les da mal olor, que no es mejor que el aliento de una chica que devolvió el equivalente a la producción semanal de licores Bols en el baño de un bar.
Pero volviendo a 'la previa'. Jodido es entrar a las 21:45 a un supermercado chino y buscar lo que querés para después tartamudear o arrastrar las palabras cuando llegás a la caja. Ahí te das cuenta de quién tiene el español más fluido, y no sos vos.
Lo que a mí me gustaría sería verme desde afuera. Pararme a un costado de mi cuerpo y verme hablando despacito para no equivocarme, con una sonrisa exagerada para quien está comprando dos pavadas en el chino, y respirando hondo por la nariz entre una frase y otra.
Ponele que ya sorteaste a los chinos, que podés prescindir del tachero y que no te jode nadie en tu casa. Una de esas noches en las que la fiesta no arranca para ningún lado porque lo más interesante es la previa"
"¿Entonces?"
"Entonces, ¿qué más querés? Tenés a las minas, a los tipos, lugar suficiente en la casa, buen clima, buena música, alcohol frío y alguien de buen corazón que comparte una flor para fumar, o prensado paraguayo si no queda otra.
Dejáte de joder con dar vueltas por Buenos Aires buscando a dónde meterte. En todas partes tenés que hacer cola, o pagar, o las dos cosas. Después entrás y el DJ te pone la música que se le canta y a veces es pésima, o no es la que vos esperabas.
Y encima después te sale caro tomar algo, es imposible fumar y tenés que soportar a los babosos de las 5 a.m., que se dieron cuenta que siguen solos y no se quieren enfrentar con la dura realidad de que no son atractivos, ni inteligentes, ni cogibles.
"No entiendo qué te quejás, Annie. Si total, vos sos mujer y sos cogible. Si querés, tenés una docena de tipos para que te paguen la entrada, el trago, la falopa y un taxi de vuelta a tu casa"
"Si los llevo a mi casa. Gracias, Camilo, pero los vicios que tenemos las mujeres siguen cuando no hay hombres para pagarlos. Es más, la mayoría de los malos hábitos se nos pegan cuando estamos solas".
Maldita la hora
¿Estas son horas de aparecer por acá? Te estuve esperando toda la maldita tarde. Toda la condenada semana, para el caso. Y llegás con la cara perlada de sudor, las mejillas coloradas y esa maraña indómita que tenés por pelo, que cae sobre tus ojos. No cruzamos las miradas hace tiempo. Me perturba la idea de lo que pueda encontrar al hacerlo.
Creo que no nos entendimos bien la última vez que hablamos. Jugamos a una pulseada verbal y nos salió mal. Te extrañaba, pero no extraño esto de vos. Ese vaivén frenético que te hace rebajarte por el placer de agradar. Te conocía con más altura, de alto vuelo. Cuando uno no tiene mucho, como en mi caso, no hay nada como mirar los logros del pasado.
Me dejaste, así que no tengo mucho éxito hace tiempo. Estoy, como se dice, con la mente en blanco. El ingenio ralo. La inventiva anoréxica, inapetente. Y vos llegás a esta hora y me tenés en vigilia por pequeñeces. Qué lo tiró. Ya no hay texto que te venga bien, no hay ni guión perfecto para que declames ni poesía que quieras cantar, nada. Sólo silencio sepulcral.
¿Cuándo te convencerás de que no sos mi inspiración sino la de alguien más? Dejá de venir de a ratos, a conformarme con muestras gratis de algo que no voy a comprar. Prefiero que desaparezcas un buen tiempo y quedarme sola y en silencio hasta que llegue lo que tenga que llegar. Que sea mío y no prestado. Para mí y para nadie más.
Creo que no nos entendimos bien la última vez que hablamos. Jugamos a una pulseada verbal y nos salió mal. Te extrañaba, pero no extraño esto de vos. Ese vaivén frenético que te hace rebajarte por el placer de agradar. Te conocía con más altura, de alto vuelo. Cuando uno no tiene mucho, como en mi caso, no hay nada como mirar los logros del pasado.
Me dejaste, así que no tengo mucho éxito hace tiempo. Estoy, como se dice, con la mente en blanco. El ingenio ralo. La inventiva anoréxica, inapetente. Y vos llegás a esta hora y me tenés en vigilia por pequeñeces. Qué lo tiró. Ya no hay texto que te venga bien, no hay ni guión perfecto para que declames ni poesía que quieras cantar, nada. Sólo silencio sepulcral.
¿Cuándo te convencerás de que no sos mi inspiración sino la de alguien más? Dejá de venir de a ratos, a conformarme con muestras gratis de algo que no voy a comprar. Prefiero que desaparezcas un buen tiempo y quedarme sola y en silencio hasta que llegue lo que tenga que llegar. Que sea mío y no prestado. Para mí y para nadie más.
Ironía pop II
“Estás linda hoy”, atinó a decir él.
“Gracias”, contestó ella.
Los dos mantenían los ojos en la alfombra verde desteñida, incapaces de levantar la mirada para encontrarse. Caminaron en fila por el estrecho pasillo de butacas del anfiteatro, que seguía llenándose paulatinamente.
“¿Vos todo bien?”, insistió él a modo de charla de salón. Se sentó en el medio de la fila, casi en el centro de la sala.
“Sí, todo tranquilo”, replicó ella, lacónica, mientras se acomodaba al lado.
“Te queda lindo el pelo suelto, largo. Me gusta más que cuando lo tenías corto. Se te arman más los rulos así”, declaró él.
“Gracias, Migue. Sí, me gusta más así”, convino ella.
“Bueno, Lu, no sé de qué podemos hablar”, dijo él, rascándose un poco la barba de tres días.
Mientras tanto, ella buscaba sin parar algo que nunca encontraría en su bolso de cuero. Un espejo, un peine, el celular, cualquier cosa le ayudaría a distraerse, pero tenía los dedos torpes y no estaba prestando atención a sus movimientos. Desistió.
“Qué raro es encontrarnos acá”, dijo finalmente él.
“La verdad que sí. Yo no quería venir, pero después me mataron las ganas de saber qué dice exactamente”, corroboró ella, y él asintió.
Las luces bajaron repentinamente y la sala quedó en penumbras, con un reflector que apuntaba al escenario donde había una mesa, tres sillas y una jarra de agua y tres vasos. Había unas cincuenta personas presentes.
Dos hombres entraron a escena y se sentaron en las sillas de los costados. El público aplaudió al ver subir a una mujer de unos treinta años, con el pelo platinado y un vestido negro con flores estampadas, muy ceñido al cuerpo.
“Yo se lo regalé. Para un cumpleaños”, le susurró ella al oído.
Apenas cesaron los aplausos, uno de los hombres, canoso y con anteojos, tomó la palabra para presentar a la “joven promesa literaria”, al “prodigio de la narrativa contemporánea”. En sus palabras, a “una mujer que supo desnudar el sentimiento de su generación, tan desconectada, tan atribulada y enredada en los nuevos medios de comunicación”.
Nuevamente aplausos, y tras el silencio, la rubia tomó un trago de agua y empezó su discurso: “Quiero agradecerles a todos por estar hoy acá. Este libro significa mucho para mí, y sé que para mucha gente también”.
Los ojos se le empezaban a llenar de lágrimas. Podía sentir sus mejillas volverse más acaloradas y rosadas y las manos le empezaron a temblar. No encontraba posición en el asiento entre el público. Rezaba para que él no se diera cuenta.
La veía ahí, parada, hablando de lo que su libro significaba para ella.
“Como todos saben, para mí fue muy fuerte escribirlo porque sus protagonistas son personas reales, gente que yo quiero”, dijo la autora, e hizo especial énfasis en “quiero”.
“Es algo que le puede pasar a cualquiera. Amar, perder, lamentarse, y que las redes sociales jueguen un papel tan corrosivo...”, siguió perorando la rubia desde el escenario.
“No puede ser tan cara rota. No fue así”, espetó ella.
“¿Qué dijiste?”, preguntó él a su lado.
“Nada, Migue, mejor dejá. Sólo que no puedo creer que sea tan cara rota como para decir que fueron las redes sociales. Lo que hizo no tiene nombre”, dijo ella.
“No sé por dónde empezar a leer, para que se den una idea”, comentó la flamante autora tomando un ejemplar de su obra.
“Empecemos por el principio, cuando ella lo ignora a él, después salen, se aman una noche y nunca más vuelven a hablarse. ¿Habrá sido real ese amor?”, preguntaba la rubia, con énfasis en “amor”.
"Pero después, él vuelve a buscarla y ella se deja llevar por lo que decían otras personas, en las redes sociales", resumió complacida.
“Y bueno, Lu, ¿porque estás acá? No hubieses venido”, le contestó él entre susurros.
“Sí, ¿y vos por qué viniste?”, retrucó indignada.
“Y... porque es mi amiga”, se apresuró a contestar él.
“¿Sentís que es tu amiga después de que tomó tu historia para hacer su novela?”
“No sé, qué se yo”
“Yo no. No fueron las redes sociales. Fue la vida real, donde una persona presenta a sus dos amigos, ellos empiezan a salir y después descubre que no puede tolerar que sean pareja”
“Me parece que te estás yendo de tema... Lo que pasó fue mucho más complicado que eso. No le podés echar la culpa a ella”
“No. Pero sí puedo sentirme un títere mal usado”, protestó en voz baja.
Sus dedos finalmente encontraron la correa de su bolso. Se lo puso al hombro y se paró. Salió de la fila con cuidado de no golpear las rodillas de una pareja que estaba sentada en la punta.
Una mano tocó su espalda a mitad del pasillo. La había seguido. Llegaron juntos a la puerta del pequeño teatro y salieron. Tenían los ojos achinados por el repentino caudal de luz.
“No podés irte así. No fue culpa suya, vos decidiste ponerte así, mal”, insistió él, ahora en voz alta.
“Si me puse mal fue porque me superó la situación y nunca lo hablamos, porque no quisiste ni hacer el esfuerzo. Y vos decidiste escucharla a ella”, le reprochó.
"Lu, ella no hizo nada malo. Lo nuestro fue complicado. No funcionó porque no tuvimos química y listo”, explicó él.
“Ella me dijo que no te hablara más después de eso. No sé por qué no seguí su consejo. No sé qué te habrá dicho a vos. Explicáme para qué volviste después de que cortamos”, preguntó ella, con los ojos vidriosos.
“No sé. Te juro que no sé. No estaba seguro”, masculló él.
“Bueno, ¿me querías?”, preguntó ella con un hilo de voz.
“Sí, en un momento, sí”, admitió él.
“Cuando uno quiere a alguien trata de llevarse bien y de estar presente. No se borra y aparece cuando le viene bien. Yo no te hubiera hecho eso. No te ignoré nunca”, espetó ella.
Lo último que él vio fue su espalda. El blazer verde, con la tira de la cartera de cuero cruzada. Su pelo ensortijado cayendo sobre sus hombros. Se rascó la barba. Escuchó los aplausos en la sala y la rubia apareció a sus espaldas.
Sintió los brazos de ella rodeando su cintura, y su mentón sobre su hombro.
"Y, Migue, ¿cómo lo tomó? ¿Se fue muy enojada?”, preguntó la rubia.
“Sí, todo mal. Pero, bueno, ya fue”, contestó él.
“Gracias”, contestó ella.
Los dos mantenían los ojos en la alfombra verde desteñida, incapaces de levantar la mirada para encontrarse. Caminaron en fila por el estrecho pasillo de butacas del anfiteatro, que seguía llenándose paulatinamente.
“¿Vos todo bien?”, insistió él a modo de charla de salón. Se sentó en el medio de la fila, casi en el centro de la sala.
“Sí, todo tranquilo”, replicó ella, lacónica, mientras se acomodaba al lado.
“Te queda lindo el pelo suelto, largo. Me gusta más que cuando lo tenías corto. Se te arman más los rulos así”, declaró él.
“Gracias, Migue. Sí, me gusta más así”, convino ella.
“Bueno, Lu, no sé de qué podemos hablar”, dijo él, rascándose un poco la barba de tres días.
Mientras tanto, ella buscaba sin parar algo que nunca encontraría en su bolso de cuero. Un espejo, un peine, el celular, cualquier cosa le ayudaría a distraerse, pero tenía los dedos torpes y no estaba prestando atención a sus movimientos. Desistió.
“Qué raro es encontrarnos acá”, dijo finalmente él.
“La verdad que sí. Yo no quería venir, pero después me mataron las ganas de saber qué dice exactamente”, corroboró ella, y él asintió.
Las luces bajaron repentinamente y la sala quedó en penumbras, con un reflector que apuntaba al escenario donde había una mesa, tres sillas y una jarra de agua y tres vasos. Había unas cincuenta personas presentes.
Dos hombres entraron a escena y se sentaron en las sillas de los costados. El público aplaudió al ver subir a una mujer de unos treinta años, con el pelo platinado y un vestido negro con flores estampadas, muy ceñido al cuerpo.
“Yo se lo regalé. Para un cumpleaños”, le susurró ella al oído.
Apenas cesaron los aplausos, uno de los hombres, canoso y con anteojos, tomó la palabra para presentar a la “joven promesa literaria”, al “prodigio de la narrativa contemporánea”. En sus palabras, a “una mujer que supo desnudar el sentimiento de su generación, tan desconectada, tan atribulada y enredada en los nuevos medios de comunicación”.
Nuevamente aplausos, y tras el silencio, la rubia tomó un trago de agua y empezó su discurso: “Quiero agradecerles a todos por estar hoy acá. Este libro significa mucho para mí, y sé que para mucha gente también”.
Los ojos se le empezaban a llenar de lágrimas. Podía sentir sus mejillas volverse más acaloradas y rosadas y las manos le empezaron a temblar. No encontraba posición en el asiento entre el público. Rezaba para que él no se diera cuenta.
La veía ahí, parada, hablando de lo que su libro significaba para ella.
“Como todos saben, para mí fue muy fuerte escribirlo porque sus protagonistas son personas reales, gente que yo quiero”, dijo la autora, e hizo especial énfasis en “quiero”.
“Es algo que le puede pasar a cualquiera. Amar, perder, lamentarse, y que las redes sociales jueguen un papel tan corrosivo...”, siguió perorando la rubia desde el escenario.
“No puede ser tan cara rota. No fue así”, espetó ella.
“¿Qué dijiste?”, preguntó él a su lado.
“Nada, Migue, mejor dejá. Sólo que no puedo creer que sea tan cara rota como para decir que fueron las redes sociales. Lo que hizo no tiene nombre”, dijo ella.
“No sé por dónde empezar a leer, para que se den una idea”, comentó la flamante autora tomando un ejemplar de su obra.
“Empecemos por el principio, cuando ella lo ignora a él, después salen, se aman una noche y nunca más vuelven a hablarse. ¿Habrá sido real ese amor?”, preguntaba la rubia, con énfasis en “amor”.
"Pero después, él vuelve a buscarla y ella se deja llevar por lo que decían otras personas, en las redes sociales", resumió complacida.
“Y bueno, Lu, ¿porque estás acá? No hubieses venido”, le contestó él entre susurros.
“Sí, ¿y vos por qué viniste?”, retrucó indignada.
“Y... porque es mi amiga”, se apresuró a contestar él.
“¿Sentís que es tu amiga después de que tomó tu historia para hacer su novela?”
“No sé, qué se yo”
“Yo no. No fueron las redes sociales. Fue la vida real, donde una persona presenta a sus dos amigos, ellos empiezan a salir y después descubre que no puede tolerar que sean pareja”
“Me parece que te estás yendo de tema... Lo que pasó fue mucho más complicado que eso. No le podés echar la culpa a ella”
“No. Pero sí puedo sentirme un títere mal usado”, protestó en voz baja.
Sus dedos finalmente encontraron la correa de su bolso. Se lo puso al hombro y se paró. Salió de la fila con cuidado de no golpear las rodillas de una pareja que estaba sentada en la punta.
Una mano tocó su espalda a mitad del pasillo. La había seguido. Llegaron juntos a la puerta del pequeño teatro y salieron. Tenían los ojos achinados por el repentino caudal de luz.
“No podés irte así. No fue culpa suya, vos decidiste ponerte así, mal”, insistió él, ahora en voz alta.
“Si me puse mal fue porque me superó la situación y nunca lo hablamos, porque no quisiste ni hacer el esfuerzo. Y vos decidiste escucharla a ella”, le reprochó.
"Lu, ella no hizo nada malo. Lo nuestro fue complicado. No funcionó porque no tuvimos química y listo”, explicó él.
“Ella me dijo que no te hablara más después de eso. No sé por qué no seguí su consejo. No sé qué te habrá dicho a vos. Explicáme para qué volviste después de que cortamos”, preguntó ella, con los ojos vidriosos.
“No sé. Te juro que no sé. No estaba seguro”, masculló él.
“Bueno, ¿me querías?”, preguntó ella con un hilo de voz.
“Sí, en un momento, sí”, admitió él.
“Cuando uno quiere a alguien trata de llevarse bien y de estar presente. No se borra y aparece cuando le viene bien. Yo no te hubiera hecho eso. No te ignoré nunca”, espetó ella.
Lo último que él vio fue su espalda. El blazer verde, con la tira de la cartera de cuero cruzada. Su pelo ensortijado cayendo sobre sus hombros. Se rascó la barba. Escuchó los aplausos en la sala y la rubia apareció a sus espaldas.
Sintió los brazos de ella rodeando su cintura, y su mentón sobre su hombro.
"Y, Migue, ¿cómo lo tomó? ¿Se fue muy enojada?”, preguntó la rubia.
“Sí, todo mal. Pero, bueno, ya fue”, contestó él.
Teletransportación
Para cerrar un delicioso fin de semana, decidí cenar con mi abuela, Silvia, el domingo a la noche. Empezamos a comer antes de las 9, así que una hora más tarde ya estábamos sentadas frente a la televisión, mirando el programa de Susana Giménez (como para alimentar mi mufa después de ver perder a River contra Vélez).
Hacía tiempo que no veía "Hola, Susana", pero me pareció que no me había perdido de mucho. En algún momento cambió el sketch con Emilio Disi por una entrevista con el personaje de Antonio Gasalla conocido como "la abuela". Una delicia en "Esperando la carroza", pero un dolor de ovarios si hay que mirarlo 20 minutos en un programa.
En algún punto de la charla, el histriónico Gasalla evocó los 90 años de la radiofonía argentina, fecha que se conmemoró hace unos días. La historia de los cuatro médicos "locos" subidos al techo del teatro Coliseo, a pocas cuadras de la casa de mi propia abuela, hizo que ella se teletransportara a algún recuerdo lejano.
"Fue Pepito Guerrico", dijo.
La miré y estúpidamente acoté: "Fue Susini también, y los otros dos", pero ella siguió con la transmisión de su anécdota.
"Pensar que la Mujer Fresco lo adoraba", recordó con una sonrisa.
"¿La Mujer Fresco, tu amiga?", pregunté, parando la oreja y dejando bien al fondo la sonora carcajada teatral de Susana.
"Claro, Pepito le dijo a su cuñado que nunca se iba a casar con ella, pero le dejó la mitad de su fortuna", relató mi abuela Silvia.
Al parecer, Guerrico nunca se casó, pero si vivió varios años con una pareja, "una bailarina del Colón", según especificó, incapaz de acordarse el nombre.
"La Mujer la cuidó cuando ella se enfermó y después de que se murió, conquistó a Pepito y se lo quedó. Nunca se casó", relató mi abuela.
Una vez más, la madre de mi padre logró sorprenderme con una anécdota sacada del increíble arcón de recuerdos que es su memoria, que lleva alimentando 92 años.
"Pero... Hace 90 años de la primera transmisión de radio argentina. Guerrico debía ser más grande que la Mujer", consideré.
Está claro que mi nivel de astucia decae notablemente los domingos a la noche, cuando pierde River y me pongo a ver a Susana Giménez. Haciendo caso omiso de mi zoncera, abuela se limitó a retrucar que sí, que el colaborador de Enrique Susini debió haber sido "diez años o veinte" más grande que su amiga.
Al margen de la historia, siempre pensé que el apodo "Mujer" era muy fuerte. Según abuela, lo lleva desde que era sólo una niña. ¿Qué clase de destino habrían pensado los padres de "La Mujer" Fresco para ponerle tal sobrenombre?
Hacía tiempo que no veía "Hola, Susana", pero me pareció que no me había perdido de mucho. En algún momento cambió el sketch con Emilio Disi por una entrevista con el personaje de Antonio Gasalla conocido como "la abuela". Una delicia en "Esperando la carroza", pero un dolor de ovarios si hay que mirarlo 20 minutos en un programa.
En algún punto de la charla, el histriónico Gasalla evocó los 90 años de la radiofonía argentina, fecha que se conmemoró hace unos días. La historia de los cuatro médicos "locos" subidos al techo del teatro Coliseo, a pocas cuadras de la casa de mi propia abuela, hizo que ella se teletransportara a algún recuerdo lejano.
"Fue Pepito Guerrico", dijo.
La miré y estúpidamente acoté: "Fue Susini también, y los otros dos", pero ella siguió con la transmisión de su anécdota.
"Pensar que la Mujer Fresco lo adoraba", recordó con una sonrisa.
"¿La Mujer Fresco, tu amiga?", pregunté, parando la oreja y dejando bien al fondo la sonora carcajada teatral de Susana.
"Claro, Pepito le dijo a su cuñado que nunca se iba a casar con ella, pero le dejó la mitad de su fortuna", relató mi abuela Silvia.
Al parecer, Guerrico nunca se casó, pero si vivió varios años con una pareja, "una bailarina del Colón", según especificó, incapaz de acordarse el nombre.
"La Mujer la cuidó cuando ella se enfermó y después de que se murió, conquistó a Pepito y se lo quedó. Nunca se casó", relató mi abuela.
Una vez más, la madre de mi padre logró sorprenderme con una anécdota sacada del increíble arcón de recuerdos que es su memoria, que lleva alimentando 92 años.
"Pero... Hace 90 años de la primera transmisión de radio argentina. Guerrico debía ser más grande que la Mujer", consideré.
Está claro que mi nivel de astucia decae notablemente los domingos a la noche, cuando pierde River y me pongo a ver a Susana Giménez. Haciendo caso omiso de mi zoncera, abuela se limitó a retrucar que sí, que el colaborador de Enrique Susini debió haber sido "diez años o veinte" más grande que su amiga.
Al margen de la historia, siempre pensé que el apodo "Mujer" era muy fuerte. Según abuela, lo lleva desde que era sólo una niña. ¿Qué clase de destino habrían pensado los padres de "La Mujer" Fresco para ponerle tal sobrenombre?
Abrazos
La cabeza me daba vueltas. Juro que en toda mi vida jamás había sentido ni tanto frío. Tenía las rodillas débiles, como si me estuviera parando sobre zancos. Claro, es que las botas que tenía puestas eran de taco aguja. Los ojos me picaban, mucho. Sobre todo alrededor de los párpados, por el exceso de rímel.
Y él estaba ahí. Primero me ayudó a pararme, despacio, con su brazo alrededor de mi cintura y mi cabeza apoyada en su hombro. Cuando estuve de pie quedamos como abrazados. Se sentía bien el calor humano, el percibir cómo latía su pecho. Por suerte él me sostenía con mi cuerpo pegado al suyo.
- ¿Otra vez acariciando la pena, Annie? ¿Estás bien? -preguntó él. Pero ya sabía la respuesta.
-Es un hijo de puta -me acuerdo que le dije.
-Ya lo sé. Ya no importa. Dejálo -insistió.
Me seguía sosteniendo con una mano sobre mi cintura, mientras me acariciaba la espalda despacio con la otra. Era lindo sentir ese cariño puro, que no está manchado por los errores ni la calentura. Son esos mimos que no tienen pasado, que son nuevos a la piel y a la memoria.
Podría haberlo besado. Estaba en un punto dulce, tierno. Justo para que avanzara. Pero a todas las noches perfectas les siguen amaneceres tortuosos, y me quedaba algo de cordura todavía. Además, sólo quería un abrazo. Sentir de nuevo ese amor limpio, ese cariño desinteresado.
Confieso que quería un poco de calor humano. Saborear el olor que tienen las personas en el cuello, mezcla de salado con restos de colonia. Y sentir la sangre bombeando un poquito más rápido. Mi sangre, digo. Nada como cerrar los ojos bien apretados, para que no piquen por el sol o el maquillaje reseco, y dejarse caer en los brazos de otro ser humano.
Y él estaba ahí. Primero me ayudó a pararme, despacio, con su brazo alrededor de mi cintura y mi cabeza apoyada en su hombro. Cuando estuve de pie quedamos como abrazados. Se sentía bien el calor humano, el percibir cómo latía su pecho. Por suerte él me sostenía con mi cuerpo pegado al suyo.
- ¿Otra vez acariciando la pena, Annie? ¿Estás bien? -preguntó él. Pero ya sabía la respuesta.
-Es un hijo de puta -me acuerdo que le dije.
-Ya lo sé. Ya no importa. Dejálo -insistió.
Me seguía sosteniendo con una mano sobre mi cintura, mientras me acariciaba la espalda despacio con la otra. Era lindo sentir ese cariño puro, que no está manchado por los errores ni la calentura. Son esos mimos que no tienen pasado, que son nuevos a la piel y a la memoria.
Podría haberlo besado. Estaba en un punto dulce, tierno. Justo para que avanzara. Pero a todas las noches perfectas les siguen amaneceres tortuosos, y me quedaba algo de cordura todavía. Además, sólo quería un abrazo. Sentir de nuevo ese amor limpio, ese cariño desinteresado.
Confieso que quería un poco de calor humano. Saborear el olor que tienen las personas en el cuello, mezcla de salado con restos de colonia. Y sentir la sangre bombeando un poquito más rápido. Mi sangre, digo. Nada como cerrar los ojos bien apretados, para que no piquen por el sol o el maquillaje reseco, y dejarse caer en los brazos de otro ser humano.
Eterna la noche
¿Nunca se te hizo eterna una noche? Como si estuvieras sentado en el cordón de la vereda, en plena calle desierta, bajo las luces tenues del alumbrado público. Como si te rodeara un vaho de humedad helada, que se te pegotea en el cuello y te hace sudar en frío.
Una de esas noches donde todas las frases suenan inconexas, e incorrectas. Esas noches tienen la particularidad de ser eternas porque te quedan grabadas en la cabeza. Las sombras de las personas se desplazan a pocos metros tuyo, por una calle lateral, y siguen de largo, acompañando fielmente a sus dueños.
Nadie te presta atención. Es una noche donde el cielo contiene la respiración y vos también. El tiempo se detiene, estás ahí sentado, quieto, con las manos entrelazadas y apretando los dedos contra el dorso de las palmas. Te tiembla el pulso. No lo podés evitar.
Dicen que el día tiene 24 horas, y que la noche ocupa sólo una parte de ese tiempo. A veces más, a veces menos. Hay noches que son eternas porque te da vueltas la cabeza y no podés sacudirte el recuerdo. Vas a ver cientos de amaneceres y aún así vas a seguir viéndolo.
Bueno, así me siento. De ese modo. Es una noche muy larga, que empezó no sé bien cuándo. Creo que fue la primera vez que tomé ese vaso, pero también puede haber sido después de la primera frase que pronuncié.
Creo que mi tonada me vendió como extranjero aunque no lo sea. Sólo soy forastero en esta ciudad, que es demasiado grande, como un país aparte. Lo que empezó siendo un brindis amistoso con compañeros ocasionales dentro de un bar cercano a la terminal terminó siendo un vaivén de copas que fueron a morir al piso, y yo con ellas.
Necesitaba aire. Salí del local un momento, y cuando intenté volver, me negaron la entrada. Después de un tiempo me encontraba solo, de cara a la noche, con los dedos entrelazados mientras algún forajido se frotaría las manos, pensando que yo era presa fácil.
Y la noche parecía eterna, pesada sobre mis párpados. No tenía un centavo encima. Estaba más pelado que cuando había bajado del micro. Les había pagado la pieza por adelantado, pero ellos me habían bailado.
Fue la curda más cara de mi vida, y la noche más larga que pasé en Buenos Aires. Difícil fue esquivar al vigilante. No lo escuché acercarse, así de silencioso venía él, y así de aturdido estaba yo. El mono me miró y me pidió el documento.
Se los mostré, creo que por eso no me llevó. Por eso, y porque vio que era un pobre diablo al que no le sacaría ni una moneda. Me hizo pararme y la oscuridad que estaba suspendida sobre mi coronilla bajó de pronto sobre mi cara, mis hombros...
Caí sentado sobre la vereda. Creo que me empecé a quejar, o a reírme, no me acuerdo. El cana tenía ganas de pelearme. Me empujó primero con la punta de su bota negra, que ya tenía barro en los bordes y después me clavó un puntapié limpio y directo a las costillas. No me dijo por qué.
Yo me retorcía hecho un ovillo en el piso mientras el cana me gritaba no sé qué, y me pegaba con la punta de sus botas en las canillas y los antebrazos. Estaba siendo amable: podría haber elegido mi nuca o mi espalda.
Es un divertimento, supongo, algo que no conocía cuando llegué a esta ciudad. Un grupo de extraños deja en bancarrota al recién llegado y un policía, lejos de socorrerlo, se dedica a darle la peor paliza de su vida. Algunas de las patadas dieron de lleno en mi frente y mis tobillos. Después se cansó y se alejó.
Pasaron las horas y salió el sol. El dueño del bar se había ido hacía rato, dejándome hecho un ovillo a escasos metros de la puerta del local. Sentía frío, tenía los pantalones mojados y sabía que no había llovido, y que en la ciudad no existe el rocío.
Estiré el cuello, pero me dolía. Bajé un poco los hombros, moví los dedos lentamente y separé los codos y las rodillas del pecho. Inspiré y lancé un grito agudo de dolor. También terminé de devolver todo lo que había tomado la noche anterior.
Me apoyé sobre mi espalda y tomé envión rodando por el suelo para poder pararme. Debo haber dado una imagen lastimosa: un hombre de 40 años, regordete y de baja estatura tambaleándose porque tiene las piernas y los brazos moretoneados.
Logré pararme y recuperar el equilibrio apoyado contra la pared. Con los ojos más achinados que de costumbre, hice foco en el asfalto. La noche había terminado y el sol empezaba a calentarme la mollera.
No recuerdo ni una palabra de mi primera conversación con mi vecina Beatriz, la señora del timbre 3 que me prestó una pieza en su propia casa hasta que empecé a alquilar el departamento de arriba. Es más, no sé ni por qué tuvo ese gesto de grandeza con un extraño.
Mi primera noche en Buenos Aires fue eterna. Pasó, pero todavía hay veces en las que dudo si bajar por esa calle o visitar ese bar.
Una de esas noches donde todas las frases suenan inconexas, e incorrectas. Esas noches tienen la particularidad de ser eternas porque te quedan grabadas en la cabeza. Las sombras de las personas se desplazan a pocos metros tuyo, por una calle lateral, y siguen de largo, acompañando fielmente a sus dueños.
Nadie te presta atención. Es una noche donde el cielo contiene la respiración y vos también. El tiempo se detiene, estás ahí sentado, quieto, con las manos entrelazadas y apretando los dedos contra el dorso de las palmas. Te tiembla el pulso. No lo podés evitar.
Dicen que el día tiene 24 horas, y que la noche ocupa sólo una parte de ese tiempo. A veces más, a veces menos. Hay noches que son eternas porque te da vueltas la cabeza y no podés sacudirte el recuerdo. Vas a ver cientos de amaneceres y aún así vas a seguir viéndolo.
Bueno, así me siento. De ese modo. Es una noche muy larga, que empezó no sé bien cuándo. Creo que fue la primera vez que tomé ese vaso, pero también puede haber sido después de la primera frase que pronuncié.
Creo que mi tonada me vendió como extranjero aunque no lo sea. Sólo soy forastero en esta ciudad, que es demasiado grande, como un país aparte. Lo que empezó siendo un brindis amistoso con compañeros ocasionales dentro de un bar cercano a la terminal terminó siendo un vaivén de copas que fueron a morir al piso, y yo con ellas.
Necesitaba aire. Salí del local un momento, y cuando intenté volver, me negaron la entrada. Después de un tiempo me encontraba solo, de cara a la noche, con los dedos entrelazados mientras algún forajido se frotaría las manos, pensando que yo era presa fácil.
Y la noche parecía eterna, pesada sobre mis párpados. No tenía un centavo encima. Estaba más pelado que cuando había bajado del micro. Les había pagado la pieza por adelantado, pero ellos me habían bailado.
Fue la curda más cara de mi vida, y la noche más larga que pasé en Buenos Aires. Difícil fue esquivar al vigilante. No lo escuché acercarse, así de silencioso venía él, y así de aturdido estaba yo. El mono me miró y me pidió el documento.
Se los mostré, creo que por eso no me llevó. Por eso, y porque vio que era un pobre diablo al que no le sacaría ni una moneda. Me hizo pararme y la oscuridad que estaba suspendida sobre mi coronilla bajó de pronto sobre mi cara, mis hombros...
Caí sentado sobre la vereda. Creo que me empecé a quejar, o a reírme, no me acuerdo. El cana tenía ganas de pelearme. Me empujó primero con la punta de su bota negra, que ya tenía barro en los bordes y después me clavó un puntapié limpio y directo a las costillas. No me dijo por qué.
Yo me retorcía hecho un ovillo en el piso mientras el cana me gritaba no sé qué, y me pegaba con la punta de sus botas en las canillas y los antebrazos. Estaba siendo amable: podría haber elegido mi nuca o mi espalda.
Es un divertimento, supongo, algo que no conocía cuando llegué a esta ciudad. Un grupo de extraños deja en bancarrota al recién llegado y un policía, lejos de socorrerlo, se dedica a darle la peor paliza de su vida. Algunas de las patadas dieron de lleno en mi frente y mis tobillos. Después se cansó y se alejó.
Pasaron las horas y salió el sol. El dueño del bar se había ido hacía rato, dejándome hecho un ovillo a escasos metros de la puerta del local. Sentía frío, tenía los pantalones mojados y sabía que no había llovido, y que en la ciudad no existe el rocío.
Estiré el cuello, pero me dolía. Bajé un poco los hombros, moví los dedos lentamente y separé los codos y las rodillas del pecho. Inspiré y lancé un grito agudo de dolor. También terminé de devolver todo lo que había tomado la noche anterior.
Me apoyé sobre mi espalda y tomé envión rodando por el suelo para poder pararme. Debo haber dado una imagen lastimosa: un hombre de 40 años, regordete y de baja estatura tambaleándose porque tiene las piernas y los brazos moretoneados.
Logré pararme y recuperar el equilibrio apoyado contra la pared. Con los ojos más achinados que de costumbre, hice foco en el asfalto. La noche había terminado y el sol empezaba a calentarme la mollera.
No recuerdo ni una palabra de mi primera conversación con mi vecina Beatriz, la señora del timbre 3 que me prestó una pieza en su propia casa hasta que empecé a alquilar el departamento de arriba. Es más, no sé ni por qué tuvo ese gesto de grandeza con un extraño.
Mi primera noche en Buenos Aires fue eterna. Pasó, pero todavía hay veces en las que dudo si bajar por esa calle o visitar ese bar.
El duelo
Se miraron fijo a los ojos. Después se estudiaron de pies a cabeza y midieron cada centímetro de la otra, a sabiendas de que nada es más importante que conocer al adversario.
Hacía mucho tiempo que esperaban encontrarse en persona, lejos de las fantasías que ofrecía su perspicacia. Nunca habían escuchado hablar de la otra, pero sentían que había mucho en común.
La rubia era de baja estatura, tenía ojos redondos, color miel y la cara llena de pecas. Los rasgos infantiles contrastaban un poco con sus curvas, sobre todo con su escote, que se empeñaba en lucir a destajo.
Su oponente, en cambio, era la perfecta antagonista: tenía pelo negro, ojos almendrados de color negro y la piel cetrina. Era espigada, casi demasiado delgada, pero su cara angulosa parecía una escultura prodigiosa.
Difícil creer que el mismo hombre hubiera elegido a las dos. Más fácil era comprender que estuviera dividido entre ellas, como si estar con una complaciera sólo a una parte de su ser y necesitara a la otra para complementarla.
Y ellas lo sabían. Lo presentían porque las mujeres tienen ese sexto sentido, el maldito, que se clava como una daga en la nuca y desde el fondo de la cabeza comienza a cavar un túnel de dudas.
Al final se conocieron en persona de la manera más casual: entre tanta gente, y con tanto lugar donde estar, ellas se sentaron en el mismo sofá. La rubia esperaba que él le trajera un daiquiri. La morocha se había servido un mojito.
Tenían que hablar antes de que él volviera de la barra. Si no era como adversarias, al menos como viejas amigas, o como dos personas adultas que coinciden en una fiesta.
A veces puede darse una extraña complicidad entre dos mujeres que aman a una misma persona. En realidad, es un sentimiento de empatía muy real: es saber que la otra sufre por tener que compartir al objeto de su afecto.
La daga, entonces, hizo estragos en la nuca de cada una, y el encuentro sirvió sólo para lavar la sangre con alcohol.
Hacía mucho tiempo que esperaban encontrarse en persona, lejos de las fantasías que ofrecía su perspicacia. Nunca habían escuchado hablar de la otra, pero sentían que había mucho en común.
La rubia era de baja estatura, tenía ojos redondos, color miel y la cara llena de pecas. Los rasgos infantiles contrastaban un poco con sus curvas, sobre todo con su escote, que se empeñaba en lucir a destajo.
Su oponente, en cambio, era la perfecta antagonista: tenía pelo negro, ojos almendrados de color negro y la piel cetrina. Era espigada, casi demasiado delgada, pero su cara angulosa parecía una escultura prodigiosa.
Difícil creer que el mismo hombre hubiera elegido a las dos. Más fácil era comprender que estuviera dividido entre ellas, como si estar con una complaciera sólo a una parte de su ser y necesitara a la otra para complementarla.
Y ellas lo sabían. Lo presentían porque las mujeres tienen ese sexto sentido, el maldito, que se clava como una daga en la nuca y desde el fondo de la cabeza comienza a cavar un túnel de dudas.
Al final se conocieron en persona de la manera más casual: entre tanta gente, y con tanto lugar donde estar, ellas se sentaron en el mismo sofá. La rubia esperaba que él le trajera un daiquiri. La morocha se había servido un mojito.
Tenían que hablar antes de que él volviera de la barra. Si no era como adversarias, al menos como viejas amigas, o como dos personas adultas que coinciden en una fiesta.
A veces puede darse una extraña complicidad entre dos mujeres que aman a una misma persona. En realidad, es un sentimiento de empatía muy real: es saber que la otra sufre por tener que compartir al objeto de su afecto.
La daga, entonces, hizo estragos en la nuca de cada una, y el encuentro sirvió sólo para lavar la sangre con alcohol.
Sangría
"¿Y? Qué más estás esperando...", lo apuró una noche Lucas. Por fin, su mentor estaba cansado de ponerle la comida en la boca y era hora de probar si su plan funcionaría o no. Romeo levantó el guante. Después se pidió otro whisky.
Vació el vaso en pocos tragos y se paró. Aprovechó que la rubia estaba prestándole atención a su celular y se aceró con paso ligero. Un segundo antes de abrir la boca, Romeo se preguntó si valdría la pena hablarle a esta Julieta.
"Hola" suele ser la palabra más usada para llamar la atención a alguien con la intención de entablar una conversación. Todo lo que sigue a esas cuatro letras tiene muchos más significados que el literal gracias a la filosofía barata forjada en las barras de bar.
"¿Te puedo acompañar?", preguntó él. "Esta noche soy tu Romeo".
"No sabía que esta noche me tocaba tener uno. Sentáte. Soy Marga", contestó ella con una sonrisa. Tenía los labios pintados de fucsia, según pudo notar él. Le gustó.
Ella sólo quería gritarle, antes de que él abriera la boca, que no tenía ganas de escuchar su palabrerío, que no se iría a dormir con él, y que le daba pena que a los 30 años siguiera los consejos de cincuentones con hígados destrozados. Pero no sabía su edad.
"¿Cuántos años tenés?", preguntó Marga antes de que él pudiera averiguar qué estaba tomando.
"Los suficientes para reconocer a una mujer bella cuando la veo", contestó Romeo.
"Para eso sólo necesitás ojos", retrucó ella.
"Pero también sabiduría. De nada sirven los ojos necios, digo, ciegos", replicó.
"¿Ojos necios? ¿Cómo es eso?"
"Los que se niegan a ver la realidad, o los que deciden ver lo que quieren. Es muy triste vivir así, yo prefiero ver el mundo..."
"Ah. Mirá", lo interrumpió ella, mientras estrujaba una rodaja de limón sobre su copa.
"¿Qué tomás?", quiso saber él.
"Sangría"
"Buena elección, pero yo soy más del whisky", contestó él.
Sí, pensó Marga, te ví haciendo intentos para tragarlo y sufrís con cada sorbo.
Pero no quiso discutir.
[sigue]
Vació el vaso en pocos tragos y se paró. Aprovechó que la rubia estaba prestándole atención a su celular y se aceró con paso ligero. Un segundo antes de abrir la boca, Romeo se preguntó si valdría la pena hablarle a esta Julieta.
"Hola" suele ser la palabra más usada para llamar la atención a alguien con la intención de entablar una conversación. Todo lo que sigue a esas cuatro letras tiene muchos más significados que el literal gracias a la filosofía barata forjada en las barras de bar.
"¿Te puedo acompañar?", preguntó él. "Esta noche soy tu Romeo".
"No sabía que esta noche me tocaba tener uno. Sentáte. Soy Marga", contestó ella con una sonrisa. Tenía los labios pintados de fucsia, según pudo notar él. Le gustó.
Ella sólo quería gritarle, antes de que él abriera la boca, que no tenía ganas de escuchar su palabrerío, que no se iría a dormir con él, y que le daba pena que a los 30 años siguiera los consejos de cincuentones con hígados destrozados. Pero no sabía su edad.
"¿Cuántos años tenés?", preguntó Marga antes de que él pudiera averiguar qué estaba tomando.
"Los suficientes para reconocer a una mujer bella cuando la veo", contestó Romeo.
"Para eso sólo necesitás ojos", retrucó ella.
"Pero también sabiduría. De nada sirven los ojos necios, digo, ciegos", replicó.
"¿Ojos necios? ¿Cómo es eso?"
"Los que se niegan a ver la realidad, o los que deciden ver lo que quieren. Es muy triste vivir así, yo prefiero ver el mundo..."
"Ah. Mirá", lo interrumpió ella, mientras estrujaba una rodaja de limón sobre su copa.
"¿Qué tomás?", quiso saber él.
"Sangría"
"Buena elección, pero yo soy más del whisky", contestó él.
Sí, pensó Marga, te ví haciendo intentos para tragarlo y sufrís con cada sorbo.
Pero no quiso discutir.
[sigue]
El trago de Margaux
...Mantenerse al margen urdiendo un crimen perfecto implica estar atento para dar el gran golpe sin morir en el intento.
Ella lo sabe perfecto. Se sienta todas las noches en la misma mesa del mismo bar. Deja caer su tapado negro y se acomoda en una asiento contra el ventanal. El frío traspasa el vidrio en invierno, pero eso no le molesta. Pide una botella de Margaux. Sonríe. Como decía el tango, antes era sólo Margarita, ahora es otra persona, muy distinta.
Lucas hace una excepción con ella. El resto de los clientes, si no están sentados en la barra, se levantan y, tambaleando más o menos, se acercan a pedir su siguiente trago. Ella espera en silencio hasta que el encargado abre la botella de vino tinto, le sirve una copa grande y le deja limón y servilletas en la mesa.
Es un bar chico, con las paredes pintadas de bordó y adornadas con afiches de cine de los cincuentas. Tiene una barra de roble en el medio que divide el local en dos. En la primera parte hay mesas redondas, no muy altas, y sillas con apoya brazos. La rubia las prefiere a las mesas ratonas rodeadas de sofás que hay en el fondo.
De ese lado del bar puede ver a Lucas, cada vez con más panza y menos pelo, al viejo sereno de enfrente, que duerme ahí cada noche, y a un hombre joven que traga su whisky con muecas de asco. Debe tener unos 30 años, pero a juzgar por la ropa gastada, la maraña de pelo negro sobre su sien y la espalda encorvada no los lleva nada bien.
Al fondo, en cambio, están las parejas de enamorados y los viejos timberos que se reúnen a jugar a los dados. Saben que Lucas no va a echarlos porque uno de ellos es su tío, Fermín. “Tiene 90 años, ¿a quién le apuestan? ¿A la vida o a los dados?”, le preguntó cierta vez el encargado a Romeo, que obviamente se quedó callado.
Ese episodio se dio durante una de las primeras visitas del muchacho al bar. Años más tarde, ante la misma pregunta su respuesta sería no menos que: “Le apuestan a la vida en cada dado, dependen del azar en cada tirada y saben que en el fondo su suerte ya está echada”.
Muy buena exposición oral para un alumno aplicado. Una explicación etérea con fundamentos retóricos poco concisos. Filosofía de bar, de esa que suena más como una canción de blues o un poema épico que a un manual de supervivencia (ese libro se escribe con tinta del fondo del vaso).
Su maestro lo recompensaría con un trago de ese licor de cerezas que a él le gusta. “Es para los chicos”, argumentará, pero Romeo es su eterno protegido. A él piensa enseñarle un par de trucos que aprendió en sus años mozos, a ver si recupera el tiempo que perdió en señoritas vanidosas.
Una pérdida de tiempo, piensa ella, porque todos saben que las anécdotas son malas consejeras. Un hombre no puede guiar su suerte por la de otro, porque cada uno tiene la propia... Pero no vale la pena divagar sobre el tema. Ella querría gritarle al tipo "¡Pensá solo, no copies al otro! ¡No son todas las historias iguales!", pero no importa lo que ella diga.
[sigue]
Ella lo sabe perfecto. Se sienta todas las noches en la misma mesa del mismo bar. Deja caer su tapado negro y se acomoda en una asiento contra el ventanal. El frío traspasa el vidrio en invierno, pero eso no le molesta. Pide una botella de Margaux. Sonríe. Como decía el tango, antes era sólo Margarita, ahora es otra persona, muy distinta.
Lucas hace una excepción con ella. El resto de los clientes, si no están sentados en la barra, se levantan y, tambaleando más o menos, se acercan a pedir su siguiente trago. Ella espera en silencio hasta que el encargado abre la botella de vino tinto, le sirve una copa grande y le deja limón y servilletas en la mesa.
Es un bar chico, con las paredes pintadas de bordó y adornadas con afiches de cine de los cincuentas. Tiene una barra de roble en el medio que divide el local en dos. En la primera parte hay mesas redondas, no muy altas, y sillas con apoya brazos. La rubia las prefiere a las mesas ratonas rodeadas de sofás que hay en el fondo.
De ese lado del bar puede ver a Lucas, cada vez con más panza y menos pelo, al viejo sereno de enfrente, que duerme ahí cada noche, y a un hombre joven que traga su whisky con muecas de asco. Debe tener unos 30 años, pero a juzgar por la ropa gastada, la maraña de pelo negro sobre su sien y la espalda encorvada no los lleva nada bien.
Al fondo, en cambio, están las parejas de enamorados y los viejos timberos que se reúnen a jugar a los dados. Saben que Lucas no va a echarlos porque uno de ellos es su tío, Fermín. “Tiene 90 años, ¿a quién le apuestan? ¿A la vida o a los dados?”, le preguntó cierta vez el encargado a Romeo, que obviamente se quedó callado.
Ese episodio se dio durante una de las primeras visitas del muchacho al bar. Años más tarde, ante la misma pregunta su respuesta sería no menos que: “Le apuestan a la vida en cada dado, dependen del azar en cada tirada y saben que en el fondo su suerte ya está echada”.
Muy buena exposición oral para un alumno aplicado. Una explicación etérea con fundamentos retóricos poco concisos. Filosofía de bar, de esa que suena más como una canción de blues o un poema épico que a un manual de supervivencia (ese libro se escribe con tinta del fondo del vaso).
Su maestro lo recompensaría con un trago de ese licor de cerezas que a él le gusta. “Es para los chicos”, argumentará, pero Romeo es su eterno protegido. A él piensa enseñarle un par de trucos que aprendió en sus años mozos, a ver si recupera el tiempo que perdió en señoritas vanidosas.
Una pérdida de tiempo, piensa ella, porque todos saben que las anécdotas son malas consejeras. Un hombre no puede guiar su suerte por la de otro, porque cada uno tiene la propia... Pero no vale la pena divagar sobre el tema. Ella querría gritarle al tipo "¡Pensá solo, no copies al otro! ¡No son todas las historias iguales!", pero no importa lo que ella diga.
[sigue]
Beside you (ironía pop)
Logra que los cubos de hielo se desbaraten en el fondo de su vaso con un ligero movimiento circular de su muñeca. Da otro sorbo con los ojos cerrados y siente cómo se calienta el fondo de su garganta. Recuerda que el whisky no es su bebida favorita, pero es un gusto adquirido.
Suspira hondo y pausado. Se acomoda con los codos sobre la barra y mira impávido y complacido el fondo del bar. Volvió la pareja que hace dos semanas se peleaba a los gritos. Esta noche se están matando a besos. A él parece que ya no le duele el moretón que le dejó el cenicero en el ojo.
Llegó también la rubia que viene todos los miércoles a la misma hora, pasadas las 11. Algunos lujos son inalcanzables, piensa él, pero en el caso de ella podría darse. Siempre está a punto de romper el silencio, pero algo lo detiene. Se prende un cigarrillo. No sabe qué es.
Detrás de la barra, Lucas sonríe cómplice porque él ya le contó mil veces la estrategia con la que terminaría desnudo en la cama de la rubia. Nunca la probó, pero al menos en la teoría es el crimen perfecto. Un buen oído y una palabra correcta en el momento preciso son los mejores atributos para un hombre.
El último trago de whisky es frío y tiene poco gusto. Está diluido. Piensa en las veces en que se deshizo en halagos por mujeres que no valían la pena. Piensa en las veces en que dejó hablando solas a las que sí lo querían. Cuesta mucho tiempo, plata y ganas querer a alguien.
Aún así, le cuesta poner en palabras por qué prefirió un lugar en la barra y la compañía circunstancial de otros clientes asiduos a sentarse en una mesa con una de ellas. Lucas le cuenta historias de cuando era pibe y vivía en Colegiales, y él siente que está asistiendo a clases magistrales para sabios de la calle.
En su perra vida pisó la calle. Sabe que no conoce el fondo, que nunca durmió en el zaguán de nadie y que siempre tuvo a quién pedirle prestado cuando las cosas no funcionaban bien. Pero se siente un aprendiz perfecto mientras escucha atento al encargado del bar.
"Romeo... Ay, Romeo, que se clavó un puñal por amor, ¿y qué sabía el pobre tipo si Julieta valía la pena?", pregunta Lucas cada vez que lo ve encorvado sobre la mesada. Toda la vida compartiendo el nombre de un amante fallido era una carga poco agraciada. "No sea cosa que te copies", le dijo una vez su maestro.
Imposible no hacer caso a su llamado de atención. Preferible seguir sentado en la barra del bar, mirando a la rubia de reojo cuando se desabrocha el abrigo y se deja caer en uno de los sillones contra el ventanal. Mejor evitar ser como la pareja que pasa de los gritos y los cenicerazos a los besos apasionados.
Mantenerse al margen urdiendo un crimen perfecto implica estar atento para dar el gran golpe sin morir en el intento.
Suspira hondo y pausado. Se acomoda con los codos sobre la barra y mira impávido y complacido el fondo del bar. Volvió la pareja que hace dos semanas se peleaba a los gritos. Esta noche se están matando a besos. A él parece que ya no le duele el moretón que le dejó el cenicero en el ojo.
Llegó también la rubia que viene todos los miércoles a la misma hora, pasadas las 11. Algunos lujos son inalcanzables, piensa él, pero en el caso de ella podría darse. Siempre está a punto de romper el silencio, pero algo lo detiene. Se prende un cigarrillo. No sabe qué es.
Detrás de la barra, Lucas sonríe cómplice porque él ya le contó mil veces la estrategia con la que terminaría desnudo en la cama de la rubia. Nunca la probó, pero al menos en la teoría es el crimen perfecto. Un buen oído y una palabra correcta en el momento preciso son los mejores atributos para un hombre.El último trago de whisky es frío y tiene poco gusto. Está diluido. Piensa en las veces en que se deshizo en halagos por mujeres que no valían la pena. Piensa en las veces en que dejó hablando solas a las que sí lo querían. Cuesta mucho tiempo, plata y ganas querer a alguien.
Aún así, le cuesta poner en palabras por qué prefirió un lugar en la barra y la compañía circunstancial de otros clientes asiduos a sentarse en una mesa con una de ellas. Lucas le cuenta historias de cuando era pibe y vivía en Colegiales, y él siente que está asistiendo a clases magistrales para sabios de la calle.
En su perra vida pisó la calle. Sabe que no conoce el fondo, que nunca durmió en el zaguán de nadie y que siempre tuvo a quién pedirle prestado cuando las cosas no funcionaban bien. Pero se siente un aprendiz perfecto mientras escucha atento al encargado del bar.
"Romeo... Ay, Romeo, que se clavó un puñal por amor, ¿y qué sabía el pobre tipo si Julieta valía la pena?", pregunta Lucas cada vez que lo ve encorvado sobre la mesada. Toda la vida compartiendo el nombre de un amante fallido era una carga poco agraciada. "No sea cosa que te copies", le dijo una vez su maestro.
Imposible no hacer caso a su llamado de atención. Preferible seguir sentado en la barra del bar, mirando a la rubia de reojo cuando se desabrocha el abrigo y se deja caer en uno de los sillones contra el ventanal. Mejor evitar ser como la pareja que pasa de los gritos y los cenicerazos a los besos apasionados.
Mantenerse al margen urdiendo un crimen perfecto implica estar atento para dar el gran golpe sin morir en el intento.
Puertas adentro
Según los vecinos, amigos y parientes, madre e hija se llevaban mal y a menudo discutían fuertemente. En alguna ocasión, la madre, Inés, incluso le había pedido a su empleada que se quedara con ella por temor a que Laura, su hija, la atacara.
Cuando el fiscal comenzó a buscar el posible asesino de Inés se puso al tanto de las causas civiles que tenían las dos mujeres. En una de ellas Laura, una instructora de danza egresada del Colón de 45 años, acusaba a Inés, de 78, de violencia familiar por no darle a ella y a su hijo de 12 años un lugar donde vivir.
En aquella ocasión, Inés había llegado a la audiencia de conciliación con los restos de un jarrón que dijo que su hija le había roto en la cabeza. Por hechos como éste, y porque la cerradura del departamento donde vivía Inés, ubicado sobre la avenida Santa Fe entre Malabia y Scalabrinni Ortiz, no había sido forzada, Pablo Lanusse, fiscal de la causa, entendió que había, en efecto, un lazo de sangre.
Laura tenía, en su casa ubicada en Costa Rica al 4500, las llaves del departamento de su madre, así como también tenía ropa manchada de sangre y 40 mil dólares. El dato más curioso lo aportó una carpeta con 4 carillas de consejos de su abogado en caso de que la justicia la interrogara por la muerte de Inés. Algunos eran del estilo de “Si podés, sin sobreactuar, quebráte emocionalmente”.
El viernes pasado, cuando los efectivos de la división homicidios de la Policía Federal la fueron a detener, Laura parecía sorprendida, quizás por haber sido descubierta.
A. C. ©
El niño azul

Había una vez un niño azul que vivía en un mundo azul. No tenía nombre ni edad y nadie podía decir desde qué hora existía. No se le conocían padres ni familia. Tampoco los necesitaba, pues eran para él accesorios pesados que lo ataban a una realidad gris que lo obligaría a crecer y a incorporarse a un mundo lleno de reglas creadas por unos hombres que iban en contra de otros hombres.
De vez en cuando, el niño azul daba una vuelta por el mundo de los adultos. Después volvía a su mundo azul, feliz de saberse niño y libre de temor. Caminaba por la calle mientras los “grandes” avanzaban a los empujones, tan preocupados con sus cosas que ninguno lo notaba. Él en cambio iba a su propio ritmo, sin reloj, sin zapatos, sin alguien que lo llamara para que volviera a su hogar.
A veces el niño azul sentía hambre, pero sabía que era temporal. El hambre, el frío y el sueño eran simplemente el resultado de estar demasiado tiempo en esa realidad. Cuando lo invadía ese escalofrío que lo hacía encorvarse como un ovillo cerraba los ojos y volaba sin escalas directo a su tierra amada. Allí estaba en libertad para reír sin ser tomado por loco y para jugar sin ser tomado por salvaje.
Cierta vez se encontró en medio de una calle atestada de vendedores, compradores y perros callejeros que le mezquinaban centavos. Ni todo el azul del cielo pudo convencerlo de que no sentía frío, hambre y sueño. Se enrolló como siempre, cerró sus ojitos azules y su boquita de tiza y voló lejos, a su amada tierra azul.
“He aquí un niño azul que fue encontrado en las cercanías de la gris realidad”, decía el oficial de Policía cuando su jefe llegó a donde el cuerpito del niño yacía, todo azul, sin vida.
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