¿Qué onda tu buena onda?

Algunas relaciones no se cortan simplemente por dejar de ver a la otra persona por un tiempo prolongado. Quizás llevas dos años sin tomar un café (ese que se prometieron la última vez), pero eso no significa nada si te cruzás por la calle, publicás un estatus o foto en Facebook, mandás un mensaje privado en Twitter.

La onda sigue ahí. Era buena la última vez y no hay motivo alguno para que deje de serlo por el sólo hecho de que pasen los años. Tampoco se trata de pedirle una prenda de amor o una prueba de amistad a la otra persona: es sólo el delicioso vaivén de la acción positiva que fluye sin pedir nada a cambio.

Quizás no se trate de la relación interpersonal más valiosa que tengas, o del vínculo más profundo que hayas mantenido, pero sonreír es gratis, como dice el cartelito de McDonald's. Saludar, agradecer, tirar un poco de buena onda cuando (quién te dice) a la otra persona le puede venir bien en un día poco feliz.

No cuesta nada ser sentir empatía -ponerse en el lugar del otro- y hacerse el lindo y buena onda. No es de careta, es de ser humano. No es fingir una sonrisa cuando el impulso primario es mandar a la mierda a la otra persona en honor a los buenos malos tiempos, sino mantener fuerte ese hilo positivo que conecta a las personas que tuvieron un lugar positivo en la vida.

Lo de siempre: mantener vivo lo lindo, dejar morir lo feo.

Diez años después

Si 10 años después, te vuelvo a encontrar en algún lugar,
No te olvides que soy distinto de aquel, pero casi igual.

No sé cómo, pero hablando con F. me acordé de que empecé el año 2004 en un(a) bouzoukia de Atenas, con amigas y brindando con ouzo al grito de "¡Opaaa!". Una década después recibí 2014 tomando  mi campari de a sorbitos en un jardín de Llavallol, provincia de Buenos Aires.

"¿¿Me querés decir qué hice todo este tiempo para llegar de un punto a otro?!", estallé, y F. atinó una respuesta: parece que todo tuvo que ver con mis decisiones en estos diez años. "Al menos no soy obesa, me mantengo sola y tengo mi propia casa", me dije, como si necesitase una excusa para vivir la vida que me gusta, que cambió en todo este tiempo y que me refleja hoy de un modo que no me podría haber reflejado hace una década...

Pensándolo bien: no puedo esperar a ver dónde recibo el 2024.


La medida del tiempo

"Existe una cosa muy misteriosa, pero muy cotidiana. Todo el mundo participa de ella, todo el mundo la conoce, pero muy pocos se paran a pensar en ella. Casi todos se limitan a tomarla como viene, sin hacer preguntas. Esta cosa es el tiempo", Michael Ende, "Momo"

"¿Cuántos años tiene la hija de Karina, la Princesita?", pregunté en voz alta mientras intentaba hilvanar un encabezado lógico para la nota que estaba escribiendo. "Creo que cuatro. Es de la edad de Delfi", respondió en seguida A con la seguridad que sólo una madre tiene cuando da un dato sobre su hija.

Puede ser que Delfi sea la medida de todas las cosas en la vida de A. Quizás su línea de tiempo se divida en "a.D." y "d.D", quizás un año empieza y termina con el cumpleaños de su "princesa" y las fechas relacionadas a ella son más útiles como referencias temporales que, digamos, las efemérides del día de la fecha.

El tiempo me fascina porque el hombre ha tratado de contabilizarlo, administrarlo, controlarlo y hasta de usarlo a su favor sin un ápice de éxito. El sol, la luna, las estaciones... Ninguno parece prestarle atención a los múltiples calendarios que tan aplicadamente confeccionamos y difundimos durante siglos.

"A esa chica la conozco desde que iba a la facultad, en el 2004" compite con "Te conozco desde hace 20 años. ¡Desde tercer grado!", pero también está el "No, hace mil que no lo veo. Fue antes de empezar a salir con tal". No se devanen los sesos tratando de descifrarlas: son referencias que sólo me sirven a mí.

El 2000, por ejemplo, es un antes y un después de mi historia. Tenía 16 y dos semanas cuando murió mi abuela materna. El 18 de julio de 1994 es el aniversario del atentado a la AMIA, pero siempre me acuerdo del año porque fue dos después que la explosión en la embajada de Israel, que ocurró a tres cuadras de mi casa.

Nacimientos, premios, viajes, citas, lo que sea... Cualquier episodio puede ser mejor referencia histórica que una fecha específica. "No me acuerdo qué día de mayo, sé que era el cumpleaños de tal" puede ser la respuesta a cuándo fue la última vez que te reíste muy fuerte en plena borrachera.

Una persona puede hacer las veces de calendario para otra, pero el riesgo es que se corte la línea de tiempo cuando se vaya y entonces es el fin de una era. Y eso no siempre está bueno.

El amante uruguayo


El amante uruguayo: una historia realEl amante uruguayo: una historia real by Santiago Roncagliolo


Lo que más me gusta hasta ahora de "El amante..." es que retrata una historia de amor, celos e intrigas, pero no sólo de Federico García Lorca, sino también de una variedad inesperada de autores rioplatenses. Lo que Roncagliolo logra -por el momento- es transportar al lector a una época poco conocida de la historia cultural de Buenos Aires, esos días en los que Jorge Luis era un muchacho tímido y tartamudo, Pablo era un poeta aventurero y Oliverio era un hombre rimbombante y orgulloso.


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Paul Auster me devolvió las ganas de leer

Antes de entrar de lleno a la explicación del título me gustaría aclarar que siempre fui una lectora mala por lo vaga, esporádica y muy, pero muy lenta. Sin embargo, cuando encuentro un libro que me atrapa, lo leo con tal fruición que no me puedo despegar de él, ni siquiera para dormir. Quizás sólo para ducharme, y hasta lo extraño cuando estoy en el trabajo y no puedo prestarle atención.

Hecha la aclaración, paso a sostener mi premisa sobre la celebrada novela de Paul Auster llamada "Trilogía de Nueva York". Me devolvió la sed por la lectura, por encontrar nuevos autores, re descubrir los viejos, los libros clásicos y los que se convierten en "esenciales" aunque sea por un mes o lo que dure la estrategia de comunicación de la editorial que los lanzó al mercado.

Y no porque "Trilogía..." sea exquisito, o porque Auster tenga un estilo literario depurado, o porque su imaginación sea frondosa. Por esos motivos me gustó su "Brooklyn Follies". Todo lo contrario: lo que pasa es que me aburrí tanto tratando de leer este libro que antes de llegar a la mitad ya había lo abandonado completamente y estaba desesperada y frustrada porque, una vez más, no encontraba una historia que me atrapase.

Según el sitio Goodreads, donde llevo el registro online de lo que leo y lo que me gustaría leer, llegué al 30 por ciento de "Trilogía...", pero sin conmoverme por la historia de Daniel Quinn y Peter Stillman. Lo peor de todo es que antes había leído sin pena ni gloria "Que viva la música", del colombiano Andrés Caicedo, un libro que debía ser demoledor según las diversas personas que me lo recomendaron, pero no me dejó nada.

Entonces apagué mi Kindle y miré mi biblioteca. Y ahí estaba "El amor en tiempos de cólera", de Gabriel García Márquez. El grueso tomo celeste con el lomo ajado llevaba dos años en el mismo estante donde lo dejé después de que se lo robé a mi madre antes de irme a vivir sola.

Ofuscada porque después de leer 100 páginas del libro de Auster aún no le encontraba el gusto, quise comparar el primer párrafo de "Trilogía..." y el primero de "El amor...", con un resultado que ahora me parece obvio: "Gabo" ganó por goleada.

García Márquez me agarró de la nariz en las primeras 10 líneas de su novela, me habló durante páginas y páginas sobre un muerto, y terminó por adentrarme en la historia de amor entre la mujer del médico del difunto y su pretendiente de toda la vida. Y de yapa pasee por Colombia y navegué río arriba y río abajo sin parar durante años de años... Ni ganas de volver a vagar por las calles de Nueva York después de ese descubrimiento.

Durante muchos años fui aficionada a las novelas históricas, y antes de eso disfruté mucho los clásicos infantiles, desde "Azabache", de Anna Sewell, hasta las historias de piratas de Emilio Salgari y sus "tigres de la Malasia". Pero después me quedé sin ideas sobre qué leer, y para colmo no me atrapaba ningún libro.

Con la vieja excusa de "sé que te gusta leer" o "a vos que te gusta escribir", me regalaron "El curioso incidente del perro a medianoche" (de Mark Haddon) y había pedido prestados libros de Sándor Márai, Milan Kundera y otros autores de la categoría "no puedo creer que no los leíste todavía". Pero nada.

Entonces se me ocurrió comprarme un Kindle. ¿Para qué un libro electrónico si no podía leer nada? Por curiosidad, supongo. Cargué primero el texto de Caicedo, porque me habían comentado que era espectacular. Mentira. Creo que "Que la muerte te acompañe", del español Risto Mejide, fue más entretenido.

"Delirio", de Laura Restrepo, me reconcilió con las letras colombianas recientes. Y después descubrí al peruano Santiago Roncagliolo con su "Abril rojo", que me impulsó a leer "El amante uruguayo de García Lorca", con el que estoy por estos días. Además retomé la costumbre de leer en inglés con la novela "Bed", de David Whitehouse, sobre la vida y obra de un obeso de 300 kilos.

Esta semana terminé de leer "The perks of being a wallflower", de Stephen Chbosky, y durante todo el verano tuve un idilio con los cinco libros de la saga fantástica de "Canción de hielo y fuego", de George R. R. Martin, que tienen unas mil páginas en promedio cada uno. De alguna manera tengo que agradecerle a Paul Auster porque las primeras 100 páginas de "Trilogía..." son tan aburridas que me impulsaron a buscar algo mejor.

En el medio encontré dos libros de la rockerísima Patti Smith, "El mar de coral" y "Éramos unos niños", que probaron ser más poéticos y sórdidos que cualquier intento de imitación de la ficción a la realidad (besos a Ian McEwan, me gustaron mucho "Primer amor, últimos ritos" y "Entre las sábanas", pero no pude terminar "Amsterdam").