Paul Auster me devolvió las ganas de leer

Antes de entrar de lleno a la explicación del título me gustaría aclarar que siempre fui una lectora mala por lo vaga, esporádica y muy, pero muy lenta. Sin embargo, cuando encuentro un libro que me atrapa, lo leo con tal fruición que no me puedo despegar de él, ni siquiera para dormir. Quizás sólo para ducharme, y hasta lo extraño cuando estoy en el trabajo y no puedo prestarle atención.

Hecha la aclaración, paso a sostener mi premisa sobre la celebrada novela de Paul Auster llamada "Trilogía de Nueva York". Me devolvió la sed por la lectura, por encontrar nuevos autores, re descubrir los viejos, los libros clásicos y los que se convierten en "esenciales" aunque sea por un mes o lo que dure la estrategia de comunicación de la editorial que los lanzó al mercado.

Y no porque "Trilogía..." sea exquisito, o porque Auster tenga un estilo literario depurado, o porque su imaginación sea frondosa. Por esos motivos me gustó su "Brooklyn Follies". Todo lo contrario: lo que pasa es que me aburrí tanto tratando de leer este libro que antes de llegar a la mitad ya había lo abandonado completamente y estaba desesperada y frustrada porque, una vez más, no encontraba una historia que me atrapase.

Según el sitio Goodreads, donde llevo el registro online de lo que leo y lo que me gustaría leer, llegué al 30 por ciento de "Trilogía...", pero sin conmoverme por la historia de Daniel Quinn y Peter Stillman. Lo peor de todo es que antes había leído sin pena ni gloria "Que viva la música", del colombiano Andrés Caicedo, un libro que debía ser demoledor según las diversas personas que me lo recomendaron, pero no me dejó nada.

Entonces apagué mi Kindle y miré mi biblioteca. Y ahí estaba "El amor en tiempos de cólera", de Gabriel García Márquez. El grueso tomo celeste con el lomo ajado llevaba dos años en el mismo estante donde lo dejé después de que se lo robé a mi madre antes de irme a vivir sola.

Ofuscada porque después de leer 100 páginas del libro de Auster aún no le encontraba el gusto, quise comparar el primer párrafo de "Trilogía..." y el primero de "El amor...", con un resultado que ahora me parece obvio: "Gabo" ganó por goleada.

García Márquez me agarró de la nariz en las primeras 10 líneas de su novela, me habló durante páginas y páginas sobre un muerto, y terminó por adentrarme en la historia de amor entre la mujer del médico del difunto y su pretendiente de toda la vida. Y de yapa pasee por Colombia y navegué río arriba y río abajo sin parar durante años de años... Ni ganas de volver a vagar por las calles de Nueva York después de ese descubrimiento.

Durante muchos años fui aficionada a las novelas históricas, y antes de eso disfruté mucho los clásicos infantiles, desde "Azabache", de Anna Sewell, hasta las historias de piratas de Emilio Salgari y sus "tigres de la Malasia". Pero después me quedé sin ideas sobre qué leer, y para colmo no me atrapaba ningún libro.

Con la vieja excusa de "sé que te gusta leer" o "a vos que te gusta escribir", me regalaron "El curioso incidente del perro a medianoche" (de Mark Haddon) y había pedido prestados libros de Sándor Márai, Milan Kundera y otros autores de la categoría "no puedo creer que no los leíste todavía". Pero nada.

Entonces se me ocurrió comprarme un Kindle. ¿Para qué un libro electrónico si no podía leer nada? Por curiosidad, supongo. Cargué primero el texto de Caicedo, porque me habían comentado que era espectacular. Mentira. Creo que "Que la muerte te acompañe", del español Risto Mejide, fue más entretenido.

"Delirio", de Laura Restrepo, me reconcilió con las letras colombianas recientes. Y después descubrí al peruano Santiago Roncagliolo con su "Abril rojo", que me impulsó a leer "El amante uruguayo de García Lorca", con el que estoy por estos días. Además retomé la costumbre de leer en inglés con la novela "Bed", de David Whitehouse, sobre la vida y obra de un obeso de 300 kilos.

Esta semana terminé de leer "The perks of being a wallflower", de Stephen Chbosky, y durante todo el verano tuve un idilio con los cinco libros de la saga fantástica de "Canción de hielo y fuego", de George R. R. Martin, que tienen unas mil páginas en promedio cada uno. De alguna manera tengo que agradecerle a Paul Auster porque las primeras 100 páginas de "Trilogía..." son tan aburridas que me impulsaron a buscar algo mejor.

En el medio encontré dos libros de la rockerísima Patti Smith, "El mar de coral" y "Éramos unos niños", que probaron ser más poéticos y sórdidos que cualquier intento de imitación de la ficción a la realidad (besos a Ian McEwan, me gustaron mucho "Primer amor, últimos ritos" y "Entre las sábanas", pero no pude terminar "Amsterdam").

El Barril rueda rápido por la calle de piedra


Rechoncho, robusto, grueso. De cara plana, frente amplia y nariz achatada. Chaparro. Habla a las apuradas, con voz afónica y aguda, y acento cacofónico. Así es el dueño de "El Barril", un restaurante ubicado sobre la Rua da Gameleira en Pipa, Brasil.


Cualquiera diría que el hombre se inspiró en su propia figura para darle nombre a su restaurante, que consta de un salón alargado, de paredes y piso blancos y con el techo de vigas de madera a la vista. Tras una ventana ubicada al fondo de la estancia se puede ver al dueño dar órdenes a sus ayudantes.

Una chica morena y muy flaca, de no más de doce años, era la única que salía de la cocina cada tanto, para servir bebidas o limpiar el largo mostrador contra una pared. El hombre se acercó con un andar muy ágil a pesar de sus cortas piernas y nos entregó un menú, apenas una hoja plastificada.

Elegimos un plato indicado para dos personas, pescado cocido con verduras, camarones y legumbres, servido en una cazuela de barro con tapa. El aroma de las postas de dorado era exquisito, igual que el contenido de un tazón de barro que tenía el caldo de la cocción del plato espesado con harina.

Mientras comíamos, una mujer y un hombre entraron al local, donde éramos los únicos comensales además de una familia de ocho personas y un grupo de dos chicas y un chico. El "barrilito" se sentó con ellos en el vano del ventanal al lado nuestro, con una lata alta de cerveza rubia Devassa en la mano.

La pareja era un equipo de trabajo, ambos vestidos apropiadamente para la oficina con pantalones plisados color caqui y camisas beige, y sendas planillas a mano. El dueño del local se levantó en un momento de la charla, recorrió a zancadas el salón a lo ancho y largo y volvió a reunirse con ellos con el número exacto de sus proporciones.

Después de que los inspectores se fueran (según dilucidamos, tras hablar del aire acondicionado y el tamaño de la cocina), el hombre se volvió a nosotros para saber si habíamos encontrado agradable nuestra velada y, sin necesidad de exagerar lo felicitamos por su cocina.

Hablaba rápido y con gesto hosco, pero su tono era afable. Resultó ser que el "barrilito" era el ideólogo detrás de los manjares que habíamos probado y, en respuesta a nuestras alabanzas, nos prometió caipirinhas de cortesía la próxima vez que visitáramos su local.

No hubo oportunidad, pero no faltaron las ganas.

El Papa de Pipa

"Los felicito por el Papa argentino, Joao Berg... algo. Un come chinchulines", nos dijo el posadero antes de subir a su moto. Debe haber sido el cónclave más corto de la historia de la Iglesia Católica Apostólica Romana, porque en una semana eligieron a Jorge Bergoglio, aka Francisco, y nos enteramos así, de casualidad, por las bromas disfrazadas de felicitaciones de los brasileños.

La noticia tardó dos días en bajar a la playa y recién entonces nos recibió en la arena uno de los mozos de los paradores. Alto, muy flaco y espigado, con la piel bruñida por el sol y la cabeza protegida por un sombrero de paja en forma de cilindro con amplias alas, el Papa de Pipa juntó sus manos de manera pía y nos lanzó un "Oh, argentinos, os filhos de o Papa, danos su bendición", entre risas (las mías).

En el momento me pregunté si no estarían enojados por el "triunfo" de Francisco a raíz de esa eterna pulseada que existe entre Brasil y la Argentina por temas tan variados como el fútbol, los astros de fútbol y las canchas de fútbol. Pero después me di cuenta de que en tierras cariocas hay cientos de miles de bautizados católicos que después no practican la religión, al menos no en su versión "romana", así como ocurre lo mismo por estos parajes. ¿Conclusión? Somos todos hermanos en las olas del mar.

Vermelha

"Vermelha", la llamé, porque nunca entendí su nombre. Ni siquiera puedo estar segura de que me lo dijo, entre todas las cosas que me contó con su voz aguda, alegre y fresca. Llevaba varias horas recostada sobre la arena contra el acantilado, a la sombra, mirando el mar de soslayo.

De repente se levantó y caminó hacia mí, se paró justo entre el mar y yo, y me explicó que estaba sola, que había decidido salir a tomar sol y que le parecía que su piel ya estaba un poco colorada, "vermelha", dijo, con una amplia sonrisa llena de dientes blancos, cuadrados y prolijos.


El pelo, negro, le caía haciendo arabescos sobre los hombros y hasta la mitad de la espalda. Una bikini colorida, creo que roja, la cubría como si sintiese pudor de su cuerpo, pero no vergüenza. Sus ojos sonreían, igual que el timbre de su voz.

Calmé sus nervios, le dije que no era para tanto, pero que se volviera al resguardo del acantilado para que el sol no hiciera estragos en su espalda, que estaba algo dorada, pero de fábrica. La chica, que no tendría más de 25 años, me explicó que no éramos los únicos argentinos de visita.

"Você nao mora aqui?", preguntó. Ante la negativa lanzó un "todavía". Habría sido un deleite entender al menos una palabra más de lo que me dijo. Pero sólo entendí que había salido sola, que se sentía acalorada y que estaba "vermelha".