El principito y la rosa

"Y cuando regó por última vez la flor, y se dispuso a ponerla otra vez al abrigo de su globo, descubrió que tenía deseos de llorar.
-Adiós -dijo a la flor.
Pero la flor no le contestó.
-Adiós -repitió.
La flor tosió, pero no por el resfrío.
-He sido tonta, te pido perdón. Procura ser feliz.
Quedó sorprendido por la ausencia de reproches. Permaneció ahí, desconcertado, con el globo en la mano. No comprendía esa calma mansedumbre.
-Pero sí, te quiero -le dijo la flor. -No has sabido nada por mi culpa. No tiene importancia. Pero has sido tan tonto como yo. Procura ser feliz. Deja el globo en paz. No lo quiero más.
-Pero el viento...
-No estoy tan resfriada como para... El aire fresco de la noche me hará bien. Soy una flor.
-Pero los animales...
-Es preciso que soporte dos o tres orugas si quiero conocer a las mariposas. ¡Parece que es tan hermoso! Sino, ¿quién habrá de visitarme? Tú estarás lejos. En cuanto a los animales grandes, no les temo. Tengo mis garras.
Y mostró ingenuamente sus cuatro espinas. Después agregó:
-No te detengas más. Es molesto. Has decidido partir. Vete.
Pues no quería que la viese llorar. Era una flor tan orgullosa..."


Varias veces en mi vida intenté empezar a leer "El príncipe", de Nicolás Maquiavelo, pero siempre me pasó lo mismo: terminé leyendo de nuevo "El principito", de Antoine de Saint - Exupéry.

El hombre perfecto

Con el último atisbo de lucidez, antes de que el inductor de sueño empiece a apalear mi insomnio, intento volver a la conversación de esta mañana, sobre cómo sería el hombre perfecto. Tres mujeres, todas solteras y veinteañeras, daban su parecer. Yo era una de ellas.

(Si este texto resulta repetitivo o entreverado significa que me está dando sueño, lo que es muy bueno)

La discusión que mantuvimos en la oficina empezó a raíz de una situación hipotética, pero terminó en un lapidario "por eso están solteras". Se nos acusó de buscar la perfección en los hombres, más precisamente, en confeccionar una lista de requisitos que se ajustaría a un "hombre ideal" que es imposible, un sueño.


"¿Alto o bajo? ¿Rubio o morocho? ¿Con barba o sin barba? Que viva solo, que sepa cocinar, que sea soltero, sin kilombos con una ex, y que haya pasado los 30 años..."

Sí, la lista resultó larga y poco clara: tres mujeres, como dije antes. Imposible era que estuviésemos de acuerdo. Fue interesante que los hombres de la oficina agregaran ítems que habíamos dejado afuera, como el hecho de que el "hombre perfecto" tiene que saber cocinar.

Mientras escuchaba las opciones que disparaba el resto, caí en la cuenta de que jamás hice una lista semejante. Eso puede llegar a ser la razón por la que siempre termino donde no debo y al lado de quien no me corresponde. Pero siempre pensé que las cosas del corazón se movían al margen de planillas, cálculos o listas.

El hombre y la mujer perfectos son ideales el uno para el otro, y desastrosos para todos los demás. No se puede andar con una foto o lista del "chico perfecto" cotejando a cada hombre con esos valores. No se puede, a menos de que quiera terminar decepcionada.

"Lo que están describiendo es un gay", sentenció uno de nuestros compañeros. "La mejor relación entre un hombre y una mujer es cuando él es homosexual", aseguró, y enumeró mofándose: "Más de 30 años, soltero, que viva solo, sin problemas con la ex, sin hijos, moderno, que le guste la moda y Ricardo Arjona..."

Es el secreto mejor guardado: los hombres son los mejores amigos de las mujeres, a menos de que las deseen con locura y se les nuble el buen juicio cuando están cerca suyo.

Sigo mañana, ya tengo sueño- me espera mi hombre perfecto.

Mejor no

No, por favor no. Otra vez no. No levantes el teléfono ni aceptes mi invitación suicida. Quiero ahogarme con el veneno de nuevo, por eso te llamo. Pero los dos sabemos cómo va a terminar el encuentro: mal.

Pasó antes, y pasa cada vez. Es como un péndulo que va de un extremo a otro. Con la misma boca con la que te beso te puedo enloquecer. Tengo azúcar en la lengua, y ácido también. El tiempo y la distancia nos sientan bien.

Volver con la frente marchita no es lo mío. Si te llamé es porque te extraño, y porque la melancolía es pésima compañía. Ni hablar cuando da consejos. Mejor no vuelvas. Colgá el teléfono o cerráme la puerta en la cara.

Voy a llorar de dolor, pero me va a hacer bien. Las mejores lecciones las aprendí con los ojos húmedos. Nunca me dieron mi merecido como esta vez, y quizás por eso la reprimenda vino con intereses.

Sé vos el fuerte, porque yo no puedo. Tan medida que fui al principio, pero ahora se invirtieron los papeles. Tendría que lanzarte aquella maldición que una vez me dijeron: "Ya te va a pasar que no te correspondan".

Listo. Ya lo sé, así que no vuelvas. No me correspondas hoy para ignorarme mañana. Para ser un fantasma que me asalta cada tanto, que aparece sin previo aviso y se va cuando le da la gana.

Voy a ayudarte: seré tan insoportable, maniática, desquiciada y lacerante como pueda. Mi crueldad te alejará y nos hará un favor a los dos. A mí me va a librar de este brete y a vos te va a dejar seguro de que hiciste bien en irte.

Todavía no sé por qué te quiero. Nunca me planteé por qué una persona me llega o no. Debería pensar en eso. Quizás no era porque eras vos, sino porque estabas ahí y parecías sincero.

Me encantaría saberlo, pero por favor, no me atiendas el teléfono cuando te llame para preguntarlo.

El duelo

Se miraron fijo a los ojos. Después se estudiaron de pies a cabeza y midieron cada centímetro de la otra, a sabiendas de que nada es más importante que conocer al adversario.

Hacía mucho tiempo que esperaban encontrarse en persona, lejos de las fantasías que ofrecía su perspicacia. Nunca habían escuchado hablar de la otra, pero sentían que había mucho en común.

La rubia era de baja estatura, tenía ojos redondos, color miel y la cara llena de pecas. Los rasgos infantiles contrastaban un poco con sus curvas, sobre todo con su escote, que se empeñaba en lucir a destajo.

Su oponente, en cambio, era la perfecta antagonista: tenía pelo negro, ojos almendrados de color negro y la piel cetrina. Era espigada, casi demasiado delgada, pero su cara angulosa parecía una escultura prodigiosa.

Difícil creer que el mismo hombre hubiera elegido a las dos. Más fácil era comprender que estuviera dividido entre ellas, como si estar con una complaciera sólo a una parte de su ser y necesitara a la otra para complementarla.

Y ellas lo sabían. Lo presentían porque las mujeres tienen ese sexto sentido, el maldito, que se clava como una daga en la nuca y desde el fondo de la cabeza comienza a cavar un túnel de dudas.

Al final se conocieron en persona de la manera más casual: entre tanta gente, y con tanto lugar donde estar, ellas se sentaron en el mismo sofá. La rubia esperaba que él le trajera un daiquiri. La morocha se había servido un mojito.

Tenían que hablar antes de que él volviera de la barra. Si no era como adversarias, al menos como viejas amigas, o como dos personas adultas que coinciden en una fiesta.



A veces puede darse una extraña complicidad entre dos mujeres que aman a una misma persona. En realidad, es un sentimiento de empatía muy real: es saber que la otra sufre por tener que compartir al objeto de su afecto.

La daga, entonces, hizo estragos en la nuca de cada una, y el encuentro sirvió sólo para lavar la sangre con alcohol.

Batalla campal

Mafalda Chan: ¡Te lo digo por última vez! Estás grande para estas cosas...

Antonita: No me importa... No quiero, ¡no quierooo! (chilla, otra vez)

Se sienta con piernas y brazos cruzados sobre la cama. Tiene el ceño fruncido y mira de reojo la bolsa negra de plástico donde sus animales de peluche y sus muñecas llevan más de 10 años guardados.

MC: Pensá que hay chicos que no tienen sus juguetes cerca, que no están ni en su casa... están enfermos en el hospital, ¿y vos lloriqueando por cosas que no necesitás?

Antonita: ¡Pero esos peluches me los regalaron cuando me operaron del corazón!

MC: Bueno, ok, quedátelos si tanto te importan, pero los demás podrías darles salida... (le dice ella, parada junto a la bolsa. A la vez piensa que cuando la operaron del corazón algo debe haber quedado averiado ahí adentro)

Antonita: Ese, ese y ese se pueden ir...

MC: Muy bien, ¿éste también?

Antonita: ¡No! (Lloriquea de nuevo) Ese tigrecito me lo regaló Tía Mima...

MC: Uy, bueno, ¿y éste?

Antonita: Son mis títeres... (retruca haciendo una mueca con los labios, como si estuviera justificando algo obvio).

MC: Ok... ¿Esta?

Antonita: Esa sí (mira con desdén una ardilla de peluche), ¡pero esta no! (se abalanza sobre una muñeca pepona que tiene descosida parte de la pierna, dibujada la mayor parte del cuerpo, y la cara algo percudida por el polvo)


***

No hay caso, la niña dentro mío es una criatura egoísta que le pone demasiada carga emocional a sus juguetes. ¿Le pasará a muchos o sólo a ella?